Pedro Piníes tiene 48 años y nació en San Sebastián. Se enamoró dos veces. La primera, de su mujer, lo cual le llevó a establecerse en Vigo. El segundo flechazo ocurrió en Lamacido: «Teníamos claro que queríamos salir de la ciudad y llevábamos varios años buscando durante los fines de semana. Cuando llegué aquí ya no quise ver nada más». A un tiro de piedra de O Barqueiro, en medio de un bosque de eucaliptos, Piníes y su mujer recuperaron poco a poco las cinco casas del núcleo y ahora no salen ni en vacaciones. Más allá del típico discurso sobre los alimentos naturales o la tranquilidad, Piníes subraya lo que tiene que ver con los valores humanos: «Yo no quería tener hijos en Vigo. Si los tenía era para disponer de tiempo para ellos. Aquí lo tengo». En Lamacido, efectivamente, han nacido sus hijos de seis y tres años, que reciben una educación casi de élite: un profesor para muy pocos alumnos, comedor y transporte prácticamente gratuito. «En la ciudad vivía rodeado de gente, pero no tenía vecinos. Aquí tengo vecinos a kilómetros de distancia». Piníes admite que dar el paso es difícil: «Pero desde el primer día tengo la sensación de haber acertado». Eso sí, ha tenido que luchar a brazo partido para conseguir mejorar la pista de acceso, la conexión a Internet, la electricidad... «pero hay soluciones para todo. Eso sí, para vivir en el campo no te debe asustar el trabajo físico».
La conversación se produce en la cocina, con un cerdo abierto en canal de cuerpo presente: «Hace trece años que no me como un pollo de supermercado», asegura. En el botiquín no hay ansiolíticos ni tranquilizantes y hasta para la lejanía del médico tiene una contrarréplica: «Aquí es mucho más difícil enfermar». Sus clientes de ciudad alucinan con el entorno: «Te mueres de risa cuando ves a un niño que descubre por primera vez que los huevos los ponen las gallinas».