Para un mal comedor, escuchar a agoreros sobre lo que se va a encontrar en un país desconocido, no supone mucho ánimo. China carga con una pesada losa también en este tema. Así que uno llega con precauciones. A amarrar el empate. Dispuesto a elegir un mal sitio conocido que uno exótico en busca de una experiencia sensorial.
Pero a medida que pasan los días, se empiezan a sacar conclusiones. Con unas mínimas precauciones (beber agua embotellada, evitar los alimentos crudos), se come bien, barato y tranquilo. La mayoría de los restaurantes cuentan con cartas en inglés, y bastantes con fotos orientativas de los platos. Como en otros aspectos, para bien o para mal, muchos restaurantes de Pekín se han ido occidentalizando. Así que uno puede ir probando, escarmentando con el picante y parando si siente vértigo.
En taxi
Leo que los taxistas recibieron durante los últimos meses instrucciones para agradar a los occidentales y dar una buena imagen: mejor vestimenta, más limpieza, menos tabaco y nada de móvil.
Al margen de los gritos por el teléfono que cualquiera pega en un momento dado, no hay queja en el taxi, más que las dificultades para hacerse entender. Tener a mano la dirección en chino del hotel o el lugar de destino, y un móvil cerca para llamar a un nativo y que se explique, y problema resuelto. Y además, que para uno es lo más importante, es raro que pasen de 80 kilómetros por hora, incluso por autopista. Nunca pensé que llegase a decir esto: ¡Viva la gasolina cara!