Actitudes contrapuestas en la catedral

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En el camino hasta la semifinal, Murray cumplió con firmeza y sin desgaste, mientras que Nadal, con un sorteo más complicado, sufrió para doblegar a Haase, Petzschener y Soderling. ¿Supondrá un hándicap para el español? En mi opinión, no. Los partidos contra el holandés y el alemán (en forma y especialistas en la superficie) mejoraron su juego en hierba, sirvieron para demostrar lo difícil que es batirlo y confirmar su temple y capacidad de reacción ante las más complicadas situaciones. El partido de octavos le valió de recuperación, y el de cuartos frente a Soderling fue una maravillosa lección de cómo aguantar el chaparrón de un gran rival en estado de gracia y, con su mentalidad excepcional y su capacidad de análisis de cada momento, equilibrar primero, y dominar después con todo su potencial, hasta borrar al sueco.

Se enfrentan dos estilos diferentes. Técnicamente, Murray tiene un juego más clásico, con facilidad en el saque y una versatilidad que lo hace temible tanto atacando como contragolpeando. El tenis de Rafa, personalísimo e inimitable en su ejecución es, salvo en el servicio, un suplicio para sus rivales. Sobre hierba este análisis podría suponer una ligera ventaja para el británico si tiene un buen día de saque; sin embargo, una faceta los diferencia y puede ser fundamental: la que para Nadal es su mejor arma, y para Murray ha sido su principal defecto: la actitud en la pista.

Autocontrol e irascibilidad

La trayectoria del español se cimenta en una fortaleza mental impresionante, siempre positivo y buscando soluciones a los problemas que le plantean sus rivales. La del escocés ha sido la contraria: irascible, cuando las cosas no van como quiere, culpa a todo el mundo de sus errores, se desequilibra y la pérdida de concentración hace que su juego se resienta. Muchos técnicos no han aguantado su carácter, entre ellos Brad Gilbert, a pesar del millón de dólares anual que le pagaba la federación inglesa. En los últimos tiempos ha mejorado, pero hoy se enfrenta a la responsabilidad de satisfacer la ilusión de todo un país. Si, como ha declarado, esa expectación extra le va a suponer un incentivo, o por el contrario una presión que le atenace, es una incógnita que solo se despejará en la pista.

Seguro que el ambiente, favorable a su rival, no hará mella en Nadal, que apunta sensaciones magníficas para repetir el doblete del 2008. Si acaso deberá ajustar los tiempos de recuperación entre puntos, pues los jueces parecen más estrictos de lo habitual y el español juega al límite del reglamento.