En noviembre, cuando Rafa Nadal se buscaba y no se encontraba en las pistas de París-Bercy por culpa de una temporada excesiva y sus ansias de jugar incluso lesionado, Nicolás Almagro le perdonó hasta cinco bolas de partido. El murciano dejó escapar vivo a un fenómeno que vendía entonces más baratas que nunca sus derrotas. Hoy volverán a cruzarse en un partido que nada tiene que ver con aquel.
Desde noviembre sucedieron muchas cosas. Casi todas positivas para los rivales de la semifinal española de hoy. Almagro no ha hecho más que crecer. Templados los arrebatos coléricos durante los partidos, dirigido ahora por José Perlas -el ex preparador de Carlos Moyá, entre otros- y en su mejor arranque de temporada hasta ahora, juega su primera semifinal de un Masters 1.000. Tiene tenis para más, pero ya se ha dicho muchas veces que la técnica no es más que una de las cuatro patas que sostienen a un gran jugador. Está ahora en crecimiento a nivel físico, táctico y mental.
Nadal es otra vez Nadal. Regaló un primer set primoroso ayer, completísimo, divertido, demoledor. Después, ya rendido, Monfils se jugó el segundo a una ruleta rusa de golpes ganadores sin demasiado sentido, sobreactuando con gestos y gritos para gracejo del público.
El rey de la tierra juega hoy contra un rival más hecho que aquel al que ganó en noviembre después de sudar durante tres horas de partido. Pero pocos apostarían hoy por un encuentro igualado, quién dice ya una sorpresa. Nadal ha vuelto.