El argentino hace un nuevo «hat trick» con goles estelares y provoca un penalti para regalar el cuarto a Ibra
22 mar 2010 . Actualizado a las 11:09 h.«¿De qué planeta viniste?», preguntaba al borde de la afonía (y la taquicardia) Víctor Hugo Morales. Maradona acababa de sentar a media Inglaterra para hacer el segundo de su selección en los cuartos de México 86. Cualquiera que sea la respuesta, de esa misma galaxia lejana llegó también Messi, al que le falta una selección en condiciones y un Mundial a su altura para superar al Dios de media Argentina.
Recital tras recital, el menudo 10 del Barça confirma que juega en una Liga distinta. La del espectáculo como único motivo para saltar al campo y dar patadas a un balón. Ayer volvió a demostrarlo en Zaragoza, para firmar otro hat trick liguero (van tres esta temporada, dos consecutivos), en una nueva sucesión de goles formidables con los que alcanzar los 25 en la competición.
Espectacular, el segundo, para el que dejó en su camino a cuanto centrocampista, lateral o central intentó frenar su marcha desesperada hacia la portería de Roberto. Con él enfriaba los ánimos locales, encendidos ante la escasa diferencia que reflejaba el marcador.
Una pequeña brecha abierta también por Messi, después de que Pedro aprovechara un regalo de la zaga maña. Diogo falló en el despeje y le sirvió la bola al canario, que la puso perfecta en la cabeza de la Pulga. El tanto, en el minuto 5, tranquilizaba al Barça, en el que la baja de Xavi y la suplencia de Iniesta sembraban dudas sobre el control en la medular. Sin embargo, el fenomenal despliegue de Touré y la visión de Busquets sirvieron para que los de Guardiola mantuvieran su habitual control sobre la pelota.
Ocasiones mañas
El Zaragoza, sin embargo no se vino abajo y durante varios minutos tuvo más presencia ofensiva que el rival, principalmente por las bandas, donde Eliseu aprovechaba las subidas de Alves para buscarle la espalda y Arizmendi superaba a Maxwell. Pese a ello, Valdés apenas tuvo que intervenir durante toda la primera parte. Sí apareció Roberto para sacar un cabezazo de Piqué en un córner. Ibrahimovic y Touré mandaron otro par de ocasiones a la grada.
El sueco volvió a mostrarse completamente negado de cara a puerta y tras el descanso prosiguió con su rosario de errores ante la meta rival. El más clamoroso, un chut fuera cuando estaba completamente solo a dos metros de portería, tras un gran pase de la muerte de Pedro. Hasta el árbitro acabó consolando al ariete al final del partido con un «tranquilo que no pasa nada».
Es cierto que tanto fallo no tuvo mayor trascendencia, pero solo porque junto a Ibra juega un chaval al que saca dos cabezas y que en diez minutos pareció dejar sentenciado el encuentro. Primero, con el increíble eslalon del 2-0, burlando por turnos a Herrera, Contini y Jarosik, y después, con un zurdazo desde la frontal para redondear una buena jugada de Iniesta y firmar el tercero.
Hubo reacción local, que por un momento y tras los tantos de Colunga -ambos ganando en carrera a la zaga para resolver por abajo en el mano a mano- pareció poner picante a los últimos minutos. Pero allí estaba Messi, que repitió obra de arte sobre césped con una serie de regates que Jarosik transformó en penalti. La Pulga regaló el cuarto a un desquiciado Ibra, porque, al contrario de aquel, a este Dios argentino le sobra generosidad y le falta arrogancia.