Por dos veces, anteayer, se levantó el público del Ángel Carro para ovacionar, como si del final de una premiada obra de teatro se tratara, a dos de sus futbolistas. Uno había culminado una jugada colectiva, el otro, firmado una personal obra de orfebrería al borde del área. Los dos señalaron entre ceja y ceja unos esquinados centros de la diana: las escuadras de Rebollo, meta del Palencia. Marcaron para el Lugo y provocaron el delirio de la hinchada rojiblanca.
Aquejado en otras ocasiones de falta de definición (algo que asombraría al que echase un vistazo a la clasificación -y no a los encuentros- y viese que los de Setién, con un partido menos, son los segundos realizadores de la categoría), el Lugo alcanzó ante el Palencia la máxima efectividad: marcó en su primer remate en la primera y en la segunda mitad.
En el inicial, Xaime Noguerol se fue en diagonal de todos los que le salieron al paso y cedió el cuero a Tornero, que se adentró en el área, fijo su objetivo y taladró el ángulo del segundo palo con un derechazo. Primera ovación, y el público quería un bis. Se lo ofreció Losada. Apagado en la primera mitad, intentaba resarcirse. Agarró un balón en la banda derecha, se acercó al borde del área, recortó hasta acomodar el balón a la zurda (es diestro) y, con tres rivales delante, limpió de nuevo las telarañas. «Dos goles de Primera División». Rubén Arroyo díxit.