Ni las bajas, ni el discutido penalti y expulsión de Pablo Ruiz (el agarrón sí existe cuando se ve desbordado por Carlier, aunque su magnitud es la que se debate), ni el pésimo estado del terreno siquiera pueden obnubilar el objetivo análisis de las causas de la segunda derrota del Lugo. Precisamente en el Ángel Carro y en otro derbi, como ante el Celta B. Cierto que el lodazal de A Cheda desactivó las esperanzas de la fluidez ofensiva del Lugo. Y que el Racing supo adaptarse mejor. O pareció afectarle menos que a los de Setién, al que le faltó un plan B. Porque recurrir al juego directo es tan contradictorio como inútil. Una mera utopía, como se demostró las dos temporadas pasadas cuando el antecesor del cántabro reincidió en ese error supremo. ¿Por qué? Porque los delanteros del Lugo carecen de las virtudes para sacar tajada del juego aéreo, que siempre muere a los pies de los defensas. Ni siquiera las prolongaciones de cabeza de Losada hallan destinatario. Si, además, este ni desborda ni apenas produce remates letales, extraña más que Sergio, con más peso para luchar contra el barro, salga en el 77. A partir de ahí, la producción de ocasiones subió como la espuma. Otra cosa es la inoperancia rematadora, que lastró las posibilidades de empate. Tampoco se entiende que un jugador con un potencial disparo de larga distancia como Sergi Maestre se quede en el banquillo. Si a ello se añade la tradicional vulnerabilidad de la zaga rojiblanca, el corolario es claro y diáfano: el Lugo necesita marcar en todos los partidos para no perder o ganar. Y no es casual, sino causal. En el haber lucense, sin duda, su entrega hasta la extenuación de todos los jugadores. Un ejemplo, aunque ese esfuerzo haya resultado dolorosamente baldío.