A cinco jornadas de la conclusión del campeonato, el Celta ha visto recortada a cuatro puntos su distancia sobre el descenso a Segunda B. Su derrota en Zaragoza por vergonzosa que resulte, fue menos dolorosa una vez más gracias al resto de competidores. El mal de muchos, vuelve a ser consuelo de un equipo que juguetea al borde del precipicio. El empate del Alavés frente al Eibar, y las derrotas del Córdoba y Girona permiten a los vigueses atisbar el final de Liga con menos inquietud de la que se merecen por lo que exponen en el campo.
La recuperación del 4-3-3 debía darle al Celta el control del partido, al menos eso es lo que buscaba su técnico. Tener el balón, y sufrir lo menos posible con el contragolpe maño. Sin embargo, la escenificación diseñada en el vestuario se quedó en nada. Los zaragozanos demostraron que su ataque iba a castigar con dureza la irreverente proposición celeste.
Antes de la debacle, el cuadro vigués tuvo su oportunidad. Ghilas cayó ante Ayala y el árbitro no vio penalti. Los colegiados ya han demostrado en esta temporada que en la duda no suelen equivocarse a favor del bando céltico.
Tras esa lamentación del que no tiene consuelo, como sucedió en Vallecas, en veinte minutos, el partido estaba sentenciado. Un tiralíneas de Arizmendi, Herrera y Ewerthon permitió al brasileño, clásico verdugo celeste, hacer el primer gol local. Dos minutos después, un resbalón de Falcón permitió a Jorge López entrar con comodidad hasta el fondo de la portería viguesa.
Con un leve resoplido, el conjunto aragonés había machacado a su rival. Una de las delanteras más rápidas de la categoría hizo trizas a una de las defensas más lentas. Su situación adelantada fue una ventaja más para el conjunto de Marcelino. La presión les hacía caer en balones largos, que se convertían en regalos para el contrario.
A más de 30 grados
Uno de los factores que podía condicionar el partido era la temperatura. Con más de treinta grados en Zaragoza, y un marcador de 2-0 en contra, el Celta se vio con 70 minutos por delante sin ninguna capacidad de reacción.
Daba la sensación de que los célticos estaban de vacaciones y no se jugaban nada ante un candidato al ascenso. La ausencia de actitud antes del descanso fue alarmante. Ni una señal de vida de un grupo moribundo.
La frase de Óscar Díaz tras perder en la jornada anterior frente al Las Palmas, «este año es una vergüenza», retumbaba en los oídos de sus compañeros. El intermedio les estimuló para salir al campo y tratar de maquillar la sonrojante primera parte.
La imagen siguió siendo muy pobre y si gozó de algo más de llegada fue porque los locales jugaron con el resultado. El equipo aragonés parecía querer guardar fuerzas para la pugna que le resta para estar en Primera el próximo año. No goleó porque ni quiso, ni le hizo falta. El Celta ha encajado desde la llegada de Eusebio trece goles a domicilio en cinco partidos.
El técnico vio a su equipo tan debilitado que en el banquillo solo encontró soluciones desesperadas. La entrada de Danilo o la de David Rodríguez no variaron nada de lo que habían expuesto con anterioridad. Cuando la afición mañica cantaba un «volveremos a Primera otra vez», llegó el tercer tanto.