La derrota del Celta en Sevilla sume al conjunto vigués en una profunda crisis

Víctor López

VIGO

Tres partidos perdidos de forma consecutiva han alimentado la amenaza del descenso a Segunda B

11 may 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

El Celta dio un paso más hacia el precipicio. Su tercera derrota consecutiva le ha convertido en un serio candidato a la quema. Ayer echó un poco más de leña a su particular hoguera de vanidades. Este grupo, en el que cada uno va a lo suyo, coquetea peligrosamente con el descenso a Segunda B porque no funciona como equipo. La caída libre en la que se ha visto inmerso le ha dado caracteres de mayúscula a su crisis.

El entrenador céltico buscó un par de ajustes de tuercas defensivas para darle a su equipo la consistencia que le había faltado en la mayoría de sus partidos a domicilio de este año. Agus pasó al lateral derecho en detrimento de George Lucas, y por primera vez aparecieron juntos de inicio Rosada y Vitolo. Dos medios centro de un corte similar con los que pretendía más recuperación, y capacidad de destrucción. Un par de bombonas de oxígeno para un equipo que sobrevive en este final de Liga solo con respiración asistida.

El partido discurrió por los mismos cauces a los que el cuadro vigués se ha acostumbrado en las últimas fechas. Para empezar, un cierto control del medio campo, con escasos huecos en defensa, además de una nula presencia en ataque. El problema ya conocido de este ritmo de encuentro, es que a los celestes se les va fácilmente la concentración. Al primer desajuste, un buen centro desde la derecha de Óscar Ramírez encuentra al argentino Armenteros completamente solo para marcar.

Dentro de lo malo, quizás esto fue lo mejor que le pudo pasar al Celta. Todavía quedaban muchos minutos por delante para un cambio de actitud. Esta plantilla se ha caracterizado en esta Liga por su carencia de fortaleza psicológica pero los golpes suele acusarlos especialmente cuando recibe un gol en el último tercio de los partidos.

Morir matando

La voluntad de morir matando condujo a un brusco giro de timón. Los célticos se fueron a por el partido con el descaro que antes no habían tenido. Rosada pudo empatar antes del descanso pero la defensa sevillana salvó bajo la línea lo que pudo ser el segundo tanto fantasma del argentino en esta temporada.

Ese ímpetu tuvo un impás en el intermedio pero la salida del segundo tiempo mostró la misma imagen voluntariosa. Daba la sensación de que el Celta podía perder pero no haciendo el ridículo de la primera media hora de juego. Antonio López probó con dos cambios rápidos que incluyeron un cambio de sistema. Fernando Sales -que fue silbado en su regreso al Pizjuán- pasó a la derecha mientras que Guayre ocuparía un lugar en la izquierda. Jorge se quedó con la mediapunta y el Celta jugaba con un 4-2-3-1. La idea era buena pero ni el andaluz ni el canario son los jugadores de otrora. Les falta ritmo de competición.

A la contra podía el Sevilla Atlético sentenciar. La tuvo Juan Pablo y no definió en la primera. La segunda opción se la concedió Rubén. Un centro de Alfaro lo remató el punta con toda la comodidad que el central santiagués pudo concederle. El 2-0 parecía demasiada losa como levantarla.

Durante muchos minutos el Celta se paseó atolondrado. De la nada le apareció la posibilidad de evitar el fiasco. A tres minutos del final, Perera se reencontró con el gol. El duodécimo tanto del extremeño metió a su equipo en un partido del que se habían ido. Los cuatro minutos de prolongación que concedió el colegiado le dieron al partido una emoción de la que había carecido. A un filial, por su inexperiencia, se le pueden ir estos encuentros, como sucedió en la primera vuelta en Balaídos. Esta vez no pasó porque la suerte no está del lado vigués, y tampoco hubiese hecho justicia. El Celta no mereció más y se fue del Sánchez Pizjuán con el miedo metido en el cuerpo ante la situación.