Hablar sobre el partido de hoy en Riazor me produce tristeza, sentimiento que solo se apodera de un aficionado cuando pierde su equipo. Pero esta no es la causa, porque se espera la victoria del Deportivo. El motivo de la tristeza se debe a la situación por la que atraviesa el Levante, club con solera que ya en 1933 fue eliminado por el club coruñés, partido al que no asistí porque era muy niño. Pero veo en la colección de La Voz de Galicia que los valencianos ganaron por 3-0 en su campo y perdieron por 7-1 en el desaparecido Riazor.
Siete años después volvería el Levante al campo coruñés en una liguilla de ascenso a Primera, y el 3-0 de Riazor (partido al que asistí, estrenándome como socio infantil) se repetiría en Valencia, pero entonces a favor del Levante. Ninguno de ellos logró ascender y los dos siguieron en una Segunda División dividida en dos grupos. Volvería el Levante a vérselas con el Deportivo en la temporada 1947-48 (ascenso coruñés), y ya no se encontraron hasta una promoción del año 63 que llevó a Primera a los valencianos, quienes también eliminaron al Deportivo de la Copa después de desempatar en Madrid. Promoción y Copa se resolvieron en junio de aquella nefasta campaña. Hay que saltar a la 79-80, en Segunda, para ver de nuevo al Dépor contra los valencianos, que se anotaron el triunfo en los dos campos.
Ya en la Liga actual, un penalti valió al Deportivo para vencer en la primera vuelta a un Levante que ya caminaba rumbo a Segunda. Un Levante que viene disputando todos los partidos con unos profesionales a los que no les paga ni el sueldo, pero ellos demuestran una admirable deportividad. Creo que son merecedores de un aplauso cuando salgan a Riazor por el túnel de vestuarios.