El Madrid se proclamó por fin campeón de Liga. Pero a cinco minutos del final nadie lo creería: un gol en contra y un jugador menos eran una losa demasiado gruesa. Sin embargo, lo logró. Si el Madrid sufriese de pesadillas, Pamplona ocuparía un lugar protagonista. Para el club blanco, pocas plazas hay peor que ésta en el mundo. Ya no se recuerda cuándo fue el primer partido en el que el Madrid podía proclamarse campeón. Pero la matraca, llegó a su fin.
Al cuarto de hora, Casillas meditaba si ampliar la prima de su cacareado seguro. Los incidentes detrás de la portería se sucedían ante cierta condescendencia arbitral. A todo esto, a los 25 minutos, llegó el fútbol. Diarra, el término antónimo del destello, le atizó un sensacional patadón a la pelota que obligó a Ricardo a estirarse y ofrecer su brazo derecho. Con menos espectacularidad pero igual contundencia, lo intentó Vela desde fuera del área. Casillas detuvo el balón sin problemas.
La primera parte terminó con un fuera de juego de Plasil (no lo era: el osasunista arrancaba desde su propio campo), un par de discusiones entre camisetas blancas (Pepe y Ramos se cruzaron lecciones) y empate sin goles.
La segunda parte del encuentro comenzó con lluvia. Y la expulsión de Cannavaro por atender al rival a destiempo. Sin triunfo no hay pasillo del Barcelona, pensaron. La metáfora de esta Liga pudo haber llegado en una vaselina de Sneijder: balón alto, el meta que no la ve, y mientras se da la vuelta el balón se topa de frente y se escapa.
El Madrid decidió estirarse con cierto peligro aunque con las precauciones lógicas de un equipo que sabe que un gol en contra ahuyentaría el alirón. Muy mal tenía que estar la cosa para que Raúl tuviese que dejar su puesto a Higuaín. Sin duda, como después se verá, Schuster no tuvo mejor acierto desde que llegó a Madrid. El Osasuna tampoco hacía demasiado por ganar el partido, pero metía miedo con algunas faltas pegadas al área.
Penalti sin expulsión
El andamio en Cibeles comenzó a desmontarse a mano, con la de Heinze, que voló en un balón aéreo y cometió un penalti de libro. ¿Por qué el árbitro no lo expulsó? ¿Por qué ni siquiera le mostró amarilla? ¿Quizás porque ya tenía una? Aun así, Puñal hizo lo que debía: engañó a Casillas y marcó el penalti. Fue un espejismo. Lo fuerte llegó después.
Pasó que el Madrid empató el partido. Sucedió en el minuto 87. Higuaín lanzó una falta exacta, certera, y Robben la cabeceó y llevó la fiesta a Madrid. Vuelta a empezar. El revulsivo ante los leones volvía a emerger. Alguien le dijo a este hombre que su nombre estaría vinculado a un final de Liga increíble. Higuaín, en el último minuto, manejó con soltura un regalo de volea para marcar su gol y ofrecer, por fin, la Liga al Real Madrid.