Más de un centenar de hombres y mujeres duermen en las calles coruñesas
04 jul 2011 . Actualizado a las 11:58 h.La vida bajo un puente no necesita demasiada explicación. No hay que ser Punset para imaginarse cómo es o cómo llega uno ahí. De un tiempo a esta parte van saliendo a la luz historias de gente corriente que a ritmo de ametralladora pierde el empleo, la casa, la familia y los amigos. La crisis ahoga, los albergues están llenos, los comedores gratuitos no dan abasto y los servicios sociales municipales vieron como en el último año tramitaron un 21 % más de ayudas. Peor lo pasa Cáritas, que no puede más al verse sobrepasada con un 41 % más de peticiones. En A Coruña se cree que viven en la calle alrededor de un centenar de personas repartidas por parques, cajeros, soportales y puentes.
La radiografía es terrible. La situación de los que viven bajo los dos acueductos que cruzan Lavedra es, tal vez, la peor. En uno duermen cuatro y en el otro seis. «Sí que hay ratas, pero creo que me tienen más miedo ellas a mí que yo a ellas», comenta riendo uno de los jóvenes que duermen en el escaso medio metro que queda entre la tierra y el pilar de hormigón que sujeta el puente de Alfonso Molina que une Caballeros con San Cristóbal.
No solo ese acueducto se volvió hogar. «Hay otros apartamentos más abajo, en el puente donde termina Juan Flórez», informa con sarcasmo Antonio, asturiano de 46 años, que hace tres buscó fortuna en Galicia sin encontrar más que penuria.
Historias iguales o parecidas a esa hay un repertorio. Su análisis coincide con el de otras fuentes consultadas, y, aunque lleno de matices, se puede resumir así: empujados por la pobreza o por la desigualdad, por el alcohol o por las drogas, por la falta de afecto o de trabajo, decenas de muchachos bien criados en barrios más o menos obreros se fueron quedando a la intemperie. Muchos de ellos, a un ritmo endiablado, sin capacidad de elegir, criados a semejanza del último mohicano, fueron escalando rápidamente la cucaña de la delincuencia.
Algunos llevan ahí más de dos años. En las mismísimas puertas de la ciudad, sin agua, sin luz, sin aseo y sin permiso, jugándose el cuello en el arcén inclinado de una vía por la que pasan 130.000 vehículos al día. «Me molesta más el ruido que el miedo a resbalar y acabar bajo un cuatro ejes», cuenta uno de ellos. Porque un mal pie y Alfredo es historia. A este chico del que nada sabe su familia desde hace muchos años tanta escalada le dejó las manos como piolets, evolución genética que en los puentes de Lavedra se lleva con la mayor naturalidad. «Elegí este porque mi madre vive muy lejos y nunca me verá aquí», relata. Es de lo único que se preocupa. ¿Del resto? «Paso». Le da igual ocho que ochenta. «No soy ambicioso, no necesito dinero ni trabajo».
«Sí que hay ratas aquí abajo, pero creo que me tienen mucho más miedo ellas a mí»
«Elegí vivir en este puente porque mi madre vive lejos y jamás me verá aquí»
«Me molesta más dormir con el ruido del tráfico que resbalar y acabar bajo un cuatro ejes»