Karl-Theodor zu Guttenberg tuvo hace algún tiempo la mala ocurrencia de copiar el 20% del texto de su tesis doctoral. Craso error, porque todo se acaba sabiendo. Hace unos días era el ministro mejor valorado del Gobierno alemán, que preside la conservadora Angela Merkel, y todo parecía indicar que incluso podía ser en el futuro el sucesor de la actual canciller. Tal era su éxito político. Sin embargo, y a pesar de haber renunciado a su título de doctor, los germanos no le perdonaron su desliz académico, tuvo que dimitir e irse para casa con el rabo entre las piernas. Así como suena.
Entre nosotros, estos comportamientos nos suenan a ciencia ficción. Nuestros políticos no dimiten ni aunque los pillen con las manos en cajón de la tesorería municipal, los sorprendan trapicheando con obras, enchufando a decenas de familiares o amigos en las oficinas municipales aún en el caso de que no muevan un lápiz o se compruebe como hacen la vista gorda ante aberraciones urbanísticas que asustan. Como dice la vieja canción, «Deus todo llo perdoa», y el electorado también. Y lo que es peor, en circunstancias y apuros similares al plagiador germano posiblemente sean votados y ganen mayorías absolutas como si nada. Incluso se les recibe en masa para aclamarlos y vitorearlos como héroes a las salidas de los juzgados. Las consecuencias están claras. En Alemania brilla el progreso, su PIB crece como la espuma mientras en la Costa da Morte lucimos los peores indicadores económicos, sociales, culturales y académicos. Ya fuera de los números, la otra consecuencia de esta situación es que miles y miles de nuestros mejores brazos tuvieron (y tienen) que coger la maleta, el tren o el avión en busca de un sueldo digno en la misma Alemania o en su vecina Confederación Helvética, que a los efectos prácticos y comportamientos democráticos es aún más estricta. Menos mal que ahora ya no podrán trapichear también el voto emigrante. Algo vamos avanzando.