La entidad que el veterano fisterrán preside en Buenos Aires tiene más de 5.000 socios y casi dos décadas de experiencia en auxiliar a quienes carecen de recursos
27 jul 2009 . Actualizado a las 20:37 h.Perfecto Marcote Marcote (Fisterra, 1922) podría ser un emigrante igual que los cientos de miles que salieron de Galicia. Pero en su larga vida decidió, llegado el momento, dedicarse a ayudar a quienes no tienen nada o no lo suficiente para seguir adelante con dignidad. Eso y muchas más cosas, porque en su dilatada vida ha conocido mundo y gente. Prepara un gran libro sobre su experiencia y a lo mejor no le llega. Escribe versos y frecuentó al padre del Che Guevara, entre otras muchas curiosidades.
-¿Cómo fue su salida hacia la emigración?
-No llegué directamente a Argentina. Fui el primer fisterrán en emigrar a Perú. Lo hice como patrón de pesca. En mi familia teníamos dos barcos, pero cuando empezaron a cerrar las conserveras y las salazones todo se derrumbó. Y me fui a Perú, a una empresa en la que trabajaban 10 alemanes escapados de la guerra. Allí tuve dos hijos, y después, en Argentina, a mi tercera hija. -¿Cómo fue su vida en los comienzos? -Me pasé cuatro años en esa empresa y después cuatro más en otra de un corcubionés riquísimo, un hombre que nunca explotó a los gallegos. Después me compré, con un amigo, un barco, y pescamos por nuestra cuenta, descubrí zonas en las que había sardina y jurelo y no se había pescado nunca. Y así estuve hasta que durante un temporal se me hundió el barco. Cobré una parte del seguro y traté de ir a Buenos Aires. -¿De dónde le viene el interés por ayudar a los demás? -En nuestra casa, en Fisterra, comía mucha gente, hasta 40 y 50 personas que no tenían cómo hacerlo. Mis abuelos hacían obras de caridad y me quedó algo de aquello. -¿Y cómo vivía la gente que había tomado el camino de la emigración? -Había muchísima hambre. Recuerdo que la gente venía a pedir al muelle y yo les daba bonitos pequeños que habíamos pescado. Mi jefe, un alemán, Juan Gildemeister, me preguntó por qué hacía aquello. El me había dicho que aquel país no era suyo ni mío. Yo le señalé una mujer en el muelle y le dije que podía ser su madre, otra, su abuela, un chico, su hijo. Me dio tres veces las gracias. -¿Cómo le fue en Argentina? -Cuando me fui para allá había muerto mi padre, pero pude ir con toda mi familia, solo quedó en Fisterra una hermana de mi madre. Allí me hice socio de la Sociedad Finisterre en América. Era la más pujante de su tiempo y llegué a ser vicepresidente primero. Tenía un dinero y quería hacer un geriátrico. Finalmente se fundó en 1991. También pasé por el Centro Gallego de Avellaneda. Siempre me pregunto por qué no se unieron las instituciones. -A lo largo de su vida vivió situaciones curiosas y comprometidas. -En 1944 yo estaba en la infantería de Marina. Nos habían mandado a los de Asturias, Galicia y el País Vasco a Andalucía y a los del sur, al norte. Después me enteré de que habíamos ido allí para atacar el Peñón de Gibraltar. Estuvimos 20 días acuartelados. Dicen que Churchill pagó a los generales para que no atacaran. -Y conoció al padre del Che Guevara. -Estuve con él al menos 15 veces, y con su guardaespaldas. Contaba que tras ganar la revolución una fábrica dio un puro a cada soldado y cajas de habanos a Raúl y Fidel Castro. También quisieron darle una al Che, pero él preguntó por qué a los soldados no les daban cajas como aquellas. Y él, como ellos, cogió solo un puro.