La Xunta deniega a un coruñés una ayuda que le concedió en el 2008 por considerar que ha fallecido, aunque sigue vivo
07 oct 2010 . Actualizado a las 15:04 h.Los senderos de la Administración son francamente inescrutables. Eso ya lo sabía Manuel María Sanjurjo, que dedicó a la función pública toda su carrera profesional. Lo que no imaginaba era que se pudiera llegar tan lejos, hasta el punto de darlo por muerto para negarle una ayuda a la que tiene derecho.
La surrealista situación en la que ahora vive este coruñés de 64 años arrancó en junio, cuando, tras pasar más de año y medio recuperándose en una residencia privada, decidió volver a vivir en un piso. Manuel había sufrido hace unos años una traumática serie de operaciones que acabó con una amputación de su pierna a la altura de la cadera. Cuenta que fue terrible y que, cuando le dieron el alta en el hospital, se sentía tan mal que decidió continuar su recuperación en una residencia: «Allí había gente con problemas mentales, con alzhéimer, y me di cuenta de que me estaba poniendo como ellos».
Con el apoyo de su hermano y en contra de la opinión de otros familiares, Manuel se trasladó a un piso en Matogrande y contrató los servicios de una chica para que lo ayudara a desenvolverse en su nuevo hogar. Pronto comprobó que necesitaba más ayuda y tramitó una solicitud a la Xunta. De hecho, cuando recibió el alta hospitalaria, ya fue valorado por la Administración autonómica, que le reconoció una minusvalía del 84% y su derecho a la ayuda de una tercera persona.
Siniestra contestación
El pasado 30 de septiembre le llegó una siniestra contestación a su demanda. En ella, la Consellería de Traballo daba por recibida la solicitud el 2 de julio, pero manifestaba que había recibido otro documento posterior: «Recíbese o documento que acredita o falecemento de don Manuel María Sanjurjo Buján o día 18 de xullo de 2010». Por tanto y, obviamente, la Xunta archiva el expediente «por falecemento do solicitante».
Fue su hermano, al día siguiente, a pedir explicaciones a la consellería, donde, según cuenta, ya se deshicieron en disculpas y admitieron el error: «Pero lo que yo me pregunto es: ¿de dónde salió ese documento que certifica que yo estoy muerto?», dice Manuel. El incidente, en cierto modo cómico, aunque el afectado no le vea la gracia, tiene una vertiente preocupante: «Me dijeron que vendrían por aquí enseguida, pero ya ha pasado una semana y no han venido», o sea que Manuel se teme que, para la consellería, es posible que todavía no haya regresado al mundo de los vivos: «A ver si cobro la pensión este mes».
Su fallecimiento, sin embargo, parece que, de momento, solo afecta a Traballo. Manuel ha seguido estos días haciéndose sus curas en el ambulatorio, donde usa su tarjeta sanitaria, y transitando por el siempre atascado sistema de visitas del Sergas, sin que hasta el momento nadie le haya hecho notar que debería estar criando malvas.
La única explicación que se le ocurre a este hombre que justifique su falso óbito está en las visitas que regularmente una serie de inspectores efectúan por residencias como la que él ocupó: «Entran sin decir nada y sacan sus propias conclusiones. A lo mejor alguien les dijo que me había ido y ellos pensaron que me había ido, pero al otro barrio». Por grotesco que parezca, a Manuel es la única explicación que le parece plausible.
Mientras se aclara el entuerto, Manuel sigue haciendo su vida, con las limitaciones que le supone la falta de la tercera persona de ayuda que reclamaba a la Xunta. Según le explicaron a su hermano, ahora deberá pasar de nuevo por el proceso de valoración, pese a que dispone de documentos que justifican que ya había justificado su minusvalía en el 2008. Todo lo da por bueno si Traballo lo reintegra con prontitud a este mundo, del que nunca se fue, pero del que rápidamente lo borraron, y le concede la ayuda que necesita.