Ilusión por un tubo. Es lo que se respira entre los alumnos. Entre la intensidad de las clases y el entorno de Bastiagueiro todos parecen encantados. Para muchos es la oportunidad de especializarse y dar forma a su vocación: «Sí, me gustaría ser profesional de la cooperación. He encontrado un sentido a mi vida en esta profesión. Aquí se aprende mucho, pero cuando sales fuera se aprende a lo bestia». Habla Miguel Ortas, uno de los pocos varones que forman la nómina de los alumnos. Opina el canario que el curso es intenso, que intentará acordarse de todo: «Lo fundamental está aquí -dice señalándose el brazo-, en las venas». «Todos traen una buena formación previa. Aquí solo les ponemos el chip internacional», explica Joserra, profesor con edad de alumno: «¿Qué hace falta? Tener capacidad mediadora, muchas habilidades sociales, aguante, estabilidad emocional... y carisma: también hay que saber vender el producto». Pide mucho el profesor, pero está satisfecho de su gente: «Hay un buen equipo y del equipo se suman las fortalezas». Joserra ha aprendido mucho sobre el terreno: «Cuando ocurrió el 11-M no teníamos una estructura. De aquello aprendimos y lo que salió fue bueno, de manera que sobre aquella experiencia se han diseñado estrategias para abordar grandes emergencias en todo el mundo».
Laura está acabando un máster sobre derechos humanos. Tiene 25 años y pocas dudas sobre cómo orientará su futuro: «Quiero dedicarme a esto para siempre. Ayudar donde sea necesario. En España o fuera. Y aquí estoy recibiendo muy buenas herramientas. Tenía expectativas muy altas sobre este curso, pero está siendo mejor de lo que pensaba». Juan Redondo también está encantado con el curso. Es uno de los pocos gallegos enrolados en la experiencia: «Yo soy psicólogo y hasta ahora he participado en temas comunitarios y de desarrollo y quisiera poder intervenir en emergencias donde creo que puedo aportar algo con lo que sé, lo que he conocido y lo que estoy aprendiendo».
Los nuevos rescatadores emocionales ya están listos.