Ana empezó a jugar por curiosidad, ya que sus amigos comentaban acerca del tema en cenas y reuniones. «Yo pensaba que no me podría enganchar a este tipo de juegos tan simples, no tengo el perfil de una persona a la que le gusten esta clase de cosas y justamente por eso cometí el error de probar».
Ana defiende que gracias al juego ahora «hablo con algunos amigos más a menudo que antes», ya que «si están en tu granja o tú en la suya, tienes una ventanita de chat y así mantienes conversaciones». Pero reconoce que sus hábitos han cambiado: «Antes terminaba de cenar y me ponía a leer un libro o hablar con mi pareja y ahora me conecto al Facebook y granjeo , incluso hasta altas horas de la noche, lo que redujo mis horas de sueño», asegura. «Estas cansada, tienes ganas de irte a la cama, pero no puedes porque el trabajo no está hecho, tienes que recoger la cosecha antes de irte a dormir». Incluso, ha llegado al punto de que «me fui de puente y tuve en cuenta las semillas qué plantar de acuerdo con los días en que no iba a poder conectarme». También cuenta cómo una vez llamó por teléfono a una amiga «para comentarle que se conectara, porque visité su granja y vi que sus uvas se estaban echando a perder».
«El objetivo es subir de nivel, es una cuestión de poder. Te enganchas porque ves que tus amigos han llegado a cierto nivel y piensas ¿cómo puede ser que me vayan ganando? y juegas para sobrepasarlos», afirma.