El más humilde de los jefes de filas

SANTIAGO

Mosquera, que nunca había corrido una gran vuelta, se convirtió en un atípico líder de equipo que se sentía incómodo cuando otros trabajaban para él

24 sep 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

En medio del torbellino de la meta de Madrid se escuchó un suspiro de alivio y un leve «ahora sí». Era Ezequiel Mosquera. El corredor de Teo dejaba el «vamos yendo», frenaba sobre el asfalto madrileño y saboreaba su quinto puesto bañado en sudor.

Mosquera se reconoce como un diésel en la carretera. También lo es en la vida. Sin grandes saltos, pero con su ritmillo, a sus 31 años logró participar en su primera Vuelta. Y ejerció de líder atípico del Karpin Galicia. En la etapa de los Lagos fue el corredor más fuerte del equipo gallego. Pero le sabía mal haberle chafado la fuga a David García. Hasta discutió con su compañero de habitación porque no quería que le hiciera de aguador. Sentía remordimientos por el hecho de que sus compañeros trabajaran para él. Más tarde demostró que su noveno puesto en los Lagos no había sido por casualidad. Acabó también noveno en Andorra y Abantos, y fue sexto en Ávila y tercero en Cerler, su gran día como ciclista.

Mosquera comenzó a vivir bajo los focos. Se sonrojaba cuando le gritaban: «¡Ezequiel, guapo!». Una mañana bajó del autobús y se vio rodeado de seis redactores de prensa y tres fotógrafos. «¡Vaya agobio!», dijo divertido. «Pues si quieres menos estrés, vuelve al aserradero», bromeó Vidal. Porque Mosquera, de vocación ciclista tardía, compatibilizó el trabajo en el aserradero familiar con los entrenamientos, que realizaba casi con nocturnidad y con total alevosía.

Emigró a Portugal y sentó allí los cimientos de su carrera. David García recomendó a Mosquera y Mosquera recomendó a David Blanco y a Miguel Manteiga. Como sucede con las pequeñas joyas del cine, fue un corredor de boca-oreja.

Hasta este año, la Vuelta había sido un espejismo para él. Cuando parecía tocarla, se desvanecía. Cuando corría en el Kaiku, la formación no fue invitada tras una gran. Después se fue al Comunidad Valenciana. Pero Mosquera sufrió los daños colaterales de la operación Puerto. Le tocaron los malos tiempos del ciclismo. Aún así, siguió yendo y viendo en la bicicleta. Y firmó dos años por el Karpin.

Fue Mosquera el que brindó la primera alegría al equipo. Lució el maillot de líder en Mallorca. Y de repente, se encontró defendiendo un puesto en la general de la Vuelta. Con los galgos, como suele decir él. Metiéndose en las primeras posiciones del pelotón en etapas para velocistas. «Odio los esprints. En esos momentos reniego del ciclismo. Algunos parecen Valentino Rossi. Yo no soy de esos. Pero claro, tenía que ir bien situado, en medio de la guerra», explica. Se vio picándose con Bettini por la mejor posición, bajándole los humos a ciclistas con pedigree y llegando con la bici de Vorganov tras haber pinchado. Aunque también reconoce que se «pasó de valiente en Ordino». «Salí a por Piepoli y... ¡Pampa!», dice riéndose.

Confiesa que iba tan concentrado a las salidas que un día casi se lleva la bicicleta de Santos González. Y recuerda que su incógnita era la tercera semana. La prueba del quince. No había disputado nunca más de catorce días seguidos de carrera. «Al final iba reventado. Pero todos iban reventados. Excepto los tres sudamericanos, claro», señala en referencia a Menchov, Sastre y Samuel Sánchez.

Resistió por tenaz y concienzudo. Su mano como montador de muebles de Ikea lo delata. Nunca cede a la euforia ni monopoliza méritos. «Gracias a David García, Veloso y al masajista Santiago Diz», repite. Y presume de gallego. Cuando le dijeron que su acento cantaba por televisión, respondió: «A mucha honra». La del quinto de la general. El diésel incansable.