La intervención se realiza en una jornada aunque los resultados de la investigación pueden tardar meses
14 jun 2009 . Actualizado a las 02:00 h.El equipo forense del Instituto de Medicina Legal (Imelga) de Pontevedra está lejos de la modernidad y el glamour de la ficción televisiva. Su trabajo discurre entre la planta baja de los juzgados de A Parda, donde tienen la sede, y la sala de autopsias del Hospital Provincial, por donde cada año pasan una media de 200 cadáveres para analizar.
En el 2008, la cifra alcanzó las 185 y en lo que va de año ya se han superado las 80. «De seguir este ritmo, cerraremos el año con más autopsias que el pasado», explica Beatriz Otero, subdirectora territorial del Imelga, quien deja sobre la mesa un dato positivo: «Suele haber un equilibrio todos los años pero el hecho de que hayan descendido los accidentes de tráfico, redujo el número de intervenciones».
Procesos extensos
Lejos de los focos de la ficción, el equipo forense de Pontevedra trabaja marcado por los plazos reales y por unos mecanismos a veces, un poco precarios, que se cansan de denunciar. Y es que se mueven en una especie de tierra de nadie entre los departamentos de Sanidad y de Justicia. No cobran como los médicos y en ocasiones, mendigan unas instalaciones dignas para poder trabajar. «Ser forense es muy diferente a la televisión y no tenemos tanto contacto con la gente. A lo mejor en series como Urgencias hay más veracidad», señala Otero. «Las investigaciones de laboratorio se envían al Instituto Nacional de Toxicología. Hay análisis que tardan mucho. A veces para saber que fallo cardíaco lleva a la muerte se tarda hasta ocho meses en obtener el resultado», reconoce para desmentir la inmediatez que muestran las películas.
Un trabajo ininterrumpido
La sala de autopsias de un hospital no es un lugar sórdido. Es solamente una habitación más del Provincial. Dos miembros del equipo forense se encargan de las autopsias. Es su día a día.
El proceso parece sencillo y rutinario al oír hablar a los profesionales. Nada escatológico. «Tenemos que dejar a los cadáveres en torno a las 24 horas en la cámara frigorífica como medida de precaución», explica el médico forense, José Luis Gómez, quien recalca que «ese tiempo es suficiente para no prolongar el calvario de las familias». Una vez que se empieza no pueden parar. La autopsia se hace toda seguida y si es sencilla puede que no se superen las dos horas de intervención. «El tiempo depende de los problemas que se nos planteen», explica Otero.
Empiezan por la cabeza, en la que cortan de un extremo a otro para separar el cuero cabelludo y poder comprobar con la bóveda del cráneo abierta, cuales son las lesiones. «Nos permite comprobar si hay algún traumatismo en la cabeza. Tenemos que pesar los órganos. Dan un valor muy importante de la salud de la persona», indica Gómez.
Su compañero Ramón Rosendo lleva veinte años trabajando y por sus manos han pasado más de 3.200 autopsias. Asegura que los primeros años impresionan, pero «es un trabajo». Apenas acaba la frase, Rosendo reconoce que hay una cosa a la que aún le cuesta acostumbrarse. «Hacer la autopsia de un niño es demasiado duro», señala.
El trabajo prosigue con la disección abriendo el cuerpo desde el tórax hasta el pubis para comprobar el estado de los órganos. «Extraemos una pequeña porción de cada órgano que metemos en formol para analizarla. Hacemos la histopatología de todos los órganos», indica Rosendo. «Una vez acabado se certifica la muerte, se le pone el sudario y lo recoge la funeraria», explica el forense. Si se trata de un homicidio - 6 en el 2008 -, al equipo se suma la policía científica. «Vemos la trayectoria, la morfología o las armas que han afectado», explica.
En Pontevedra el equipo está formado por siete personas acostumbrados a trabajar en situaciones límite, que le hacen ser más consciente de lo que significa la palabra muerte.