Ángela tiene 28 años y da clase en la universidad: «Al ser una profe joven tienes más cercanía, pero los alumnos te cuestionan más»
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«Me ha pasado eso de ir a conserjería a por unas llaves y que me dijeran que no son para el alumnado. Entonces les explico que soy la docente», confiesa
16 jul 2026 . Actualizado a las 11:03 h.Ángela González (A Guarda, 1998) sabía que su futuro estaba dentro del mundo de la educación. «Siempre tuve vocación, pero no sabía qué hacer. Tenía un batiburrillo entre lo social conectado con lo educativo», explica. Sin embargo, dentro de las múltiples opciones, descartó Magisterio. «Revisando un poco cada grado, me llamó la atención Pedagogía porque me interesaba ir más allá del aula. La verdad es que no me arrepentí, porque soy de las pocas que la elige como primera opción. Normalmente, siempre hay gente que tiene otras preferencias como Psicología y a la que no les da la nota para entrar», confiesa.
Ahora, a sus 28 años, ya ha conseguido una plaza de profesora ayudante doctora en el área de Diagnóstico y Orientación en el departamento de Pedagogía y Didáctica de la USC. «Para mi área, había salido una plaza en Santiago en julio del año pasado, pero no me pude presentar porque cuando había que entregar la documentación, yo todavía no había defendido la tesis, que es requisito. Estuve haciendo sustituciones en la Universidad de Vigo unos meses hasta que salió convocada otra plaza después de yo haberla defendido. Me presenté sin mucha esperanza y al final la saqué», explica.
«Me entró el gusanillo»
Así comenzó su historia. «La investigación nunca me la había planteado como una salida y creo que hay mucho desconocimiento en torno al doctorado durante la carrera. Cuando iba en tercero, una profesora me convocó para ofrecerme una beca del ministerio para colaborar en departamentos universitarios y acepté. Ahí empecé en el grupo de investigación», indica. Tan buen sabor de boca le dejó a Ángela aquella experiencia en el ecuador del grado que se animó a ir a por más. «En cuarto empecé la beca de colaboración y comencé a colaborar en pequeñas tareas. Terminó por entrarme el gusanillo del doctorado y, una vez acabada la carrera, hice un máster que me habilitaba para poder hacerlo directamente», afirma. Al mismo tiempo que el máster, inició su etapa como docente. «Cuando lo estaba cursando, solicité el contrato FPU —Formación de Profesorado Universitario— al ministerio y me lo concedieron. El siguiente curso compatibilizaba la tesis sobre Tecnología Educativa con mis primeras clases», añade. En su casa la apoyaron desde el principio. «Al principio me pareció una buena oportunidad. Era un curso académico con pocas horas y dije: “Voy a probarlo, no pierdo nada, y si no, me llevo un aprendizaje”. Después ya fueron viendo que era lo que quería, que iba a solicitar el contrato y lo que me respondieron fue: “Genial, pero si no te sale, pues no pasa nada”», puntualiza.
«La investigación nunca me la había planteado como una salida y creo que hay mucho desconocimiento en torno al doctorado durante la carrera»
Las estancias en el extranjero hicieron que creciese como persona. «Estuve en Australia y en Oslo. Durante tres meses aprendí muchas cosas, crecí como persona y como profesional y me dio muchas experiencias. Trabajar en otro país con personas referentes en mi ámbito fue una oportunidad increíble. Ya no solo por eso, sino porque te enfrentas a un nuevo ambiente de trabajo, a un nuevo idioma, a una nueva cultura... Tú solo», confiesa.
Como cuando un niño empieza el colegio o sabe que tiene excursión al día siguiente, Ángela tenía mariposas en el estómago antes de dar su primera clase. «Era la época del covid, había clases online. Yo empezaba un lunes y recuerdo que el fin de semana previo estaba muy nerviosa, pero me fue bastante bien. Cada año vas adquiriendo más bagaje», cuenta. Anécdotas tiene unas cuantas, porque además de que muchas veces le siguen pidiendo el DNI en su vida cotidiana, hay quien no piensa que es profesora. «Me suele pasar bastante. No tanto por parte del alumnado, porque al final llegas, te pones en tu sitio y ya asumen que eres la docente. Pero sí que, por ejemplo, vas a buscar las llaves a conserjería y te dicen que no son para el alumnado. Entonces se lo tienes que explicar. También me ha pasado con alguna compañera», cuenta entre risas. También se ha reencontrado con antiguas amigas, pero, esta vez, cada una desde una posición diferente. «Cuando empecé Pedagogía, tenía una compañera que era la típica con la que salía de fiesta, nos contábamos nuestras cosas... Después ella se cambió a Magisterio y en segundo nuestros caminos se separaron. El primer día que fui a dar clase, me di cuenta de que esa chica estaba entre los alumnos, porque tras acabar la carrera volvió a Pedagogía», confiesa.
«Cuando empecé la carrera, tenía una compañera que era la típica con la que salía de fiesta, nos contábamos nuestras cosas... Después ella se cambió a Magisterio y al terminar volvió a Pedagogía. El primer día que fui a dar clase, me di cuenta de que esa chica estaba entre los alumnos»
La juventud implica que —quizá— imponer respeto sea un poco más complicado. «En general, el alumnado es muy majo, muy respetuoso, pero sí que es cierto que se ve cierta tendencia. Al ser una profe joven, tienes el beneficio de la cercanía ellos, porque te comunican más cómo está siendo su experiencia tanto en el grado como en tu materia. Pero también recibes más quejas cuando algo no les gusta y te cuestionan todo mucho más», afirma. Porque no es lo mismo tratar con un soldado raso que con un veterano de guerra. «Tiene su lado positivo, porque recibes un feedback y como acabas de empezar, te equivocas o haces cosas que piensas que van a funcionar y después te das cuenta de que no. A lo mejor con un profesor con más edad, como un catedrático, pues esas cuestiones no salen y nadie se plantea o pregunta nada», añade. De todas formas, Ángela agradece que le cuenten su opinión. «No suele haber problema, puede haber algún caso o alguna situación particular, pero normalmente no. Además, a mí también me gusta esta posición de retroalimentación», añade.
El pensamiento crítico
Como buena gen Z, Ángela es consciente de los retos a los que se enfrenta como profesora de auténticos nativos digitales. Alumnos que coquetean y se ven seducidos por la rapidez y facilidades que les ofrece la inteligencia artificial. «Es bastante frustrante porque estás leyendo 80 trabajos y la mayoría van por la misma línea. He aprendido un poco de la metodología de mi directora de tesis, Adriana Gewerc. Ella partía de una rúbrica para evaluar y yo la he adaptado un poco para las prácticas de los trabajos de los alumnos, en la cual el pensamiento crítico, la interrelación con sus propias experiencias, el que ellos a partir de distintas lecturas construyan su propia visión sobre un tema. Eso, copiando y pegando en el ChatGPT, es difícil», confiesa. Por eso intenta motivarlos para que escarben en sus cerebros y pongan sus neuronas a punto. «Los estudios muestran que deteriora la creatividad y que se pierde un poco la seguridad de la recepción. Siempre le digo al alumnado que es una herramienta más en su mochila de recursos y que está genial que la utilicen como inspiración, pero que después tienen que construir ellos su propio discurso», indica.
Aunque siempre va a haber alguno que se queje de una tarea que implique pensar más allá. Te dicen: “¿Hay que leer un texto de diez páginas?”. Y les digo: “Pues sí, estamos en la universidad. ¡Hay que leer y reflexionar!”. Me preocupa porque estamos en una sociedad donde tenemos cualquier información a nuestro alcance, donde se pueden difundir noticias falsas, y me parece fundamental tener unas lentes críticas para analizar la realidad», confiesa.
«Algunos alumnos te dicen: “¿Hay que leer un texto de diez páginas?”. Y les digo: “Pues sí, estamos en la universidad. ¡Hay que leer y reflexionar!”»
La carrera que ahora comienza a construir Ángela en el ámbito universitario a sus 28 años no es fruto de haberse encontrado con un trébol de cuatro hojas, sino de un expediente académico brillante construido a lo largo del tiempo. «Cada vez, los contratos son más difíciles de conseguir. Yo me considero una afortunada de poder haber vivido este camino con uno porque si no, no sé si hubiera sido posible», concluye la joven.