Aún recuerdo con estupor los espasmos maternos cuando le asaltaba el sofoco en plena calle y el gabán al que hasta ese momento se aferraba acababa en la acera como si se hubiese convertido en el enemigo. Eran gestos súbitos y aparatosos, interpretados desde la lozanía como una extravagancia o una exageración, siempre con la idea de que no podía ser para tanto. Era imposible saber entonces que aquellos manoteos iban a llegar algún día y con ellos muchas otras cosas, mucho insomnio, pocos estrógenos, una melancolía impalpable y, sí amigas, la furia, una furia reconcentrada y entusiasta que bien podrían ser las furias heredadas de todas mis mujeres anteriores. Desde aquella menopausia materna hasta la propia, el climaterio ha conseguido salir del armario en donde llevaba siglos encerrado a pesar de comprometer a la mitad de la población del planeta.
En esta nueva militancia a favor de compartir las angustias y novedades del climaterio acaba de incorporarse la genia de Sally Wainwright, maravillosa creadora de Happy Valley que en Riot Women convoca a un puñado de señoras maduras, agotadas tras haber cargado durante décadas con vidas ajenas, a veces deprimidas, casi siempre descuidadas por el entorno y en general cabreadas como monas. Esta es la parte más interesante del relato audiovisual de Wainwright, esa invocación al mal humor, al enfado, a la mala contestación, al taco y al grito que en muchas mujeres de esta generación debe ser interpretado como un acto de rebelión después de décadas entrenadas en la dulzura y la buena sonrisa, así les estuviesen metiendo grapas por las uñas. En Riot Women ese cabreo existencial se canaliza a través de la música, una música ruidosa, estruendosa, aparatosa que las mujeres protagonistas interpretan desde el espíritu del punk que huía del virtuosismo, incluso de los más básicos conocimientos musicales, para encontrar la verdad.
A mi madre le gustarían estas menopáusicas punkis, su camaradería y esa manera de enfrentarse a la vida, a pesar de lo puñetera que la vida se pone a veces. Y por cierto. Sí que era para tanto.