A bordo de un Bavaria 46 Cruiser, que les costó menos que la entrada de un piso en Madrid, esta pareja rompió lazos en tierra y levantó anclas para recorrer el mundo por mar. «Si tenemos hijos, nos gustaría seguir con esta vida», confiesan
03 feb 2026 . Actualizado a las 10:27 h.Ninguno de los dos nació cerca del mar. Ahora es el único requisito que ponen si algún día vuelven a pisar tierra para quedarse a vivir definitivamente. Álvaro, de 30, y Celia, de 29, decidieron emprender la aventura de sus vidas hace cinco años convirtiendo las olas en las protagonistas de su historia. Celia sufrió el contagio del amor por el mundo marino gracias a Álvaro, que ya tenía experiencia en este mundo. «Con 7 años, ya navegaba con mis padres en un pantano de Madrid en un velero muy pequeño. Después decidieron comprarse uno más grande que tuvieron en el Mediterráneo un par de años, entre Alicante y Mallorca. Con 14 años recorrimos el Atlántico hasta llegar al Caribe. Los dos años de bachillerato también los hice a distancia estudiando desde el barco», explica Álvaro. «Para mí la experiencia fue muy positiva. Mis padres me propusieron estar otro año más, pero les dije que no, porque tenía ganas de volver a España para estar con mis amigos e ir a la universidad. Con 17 años me faltaba gente cercana a mi edad», añade.
«Me confundí de carrera»
Así fue. Álvaro decidió regresar para estudiar en la universidad y allí conoció a Celia. Mientras ella hacía un doble grado en Relaciones Internacionales y Economía, él lo cursaba en Economía y Finanzas. Pronto empezaron a trabajar. «Los dos comenzamos nuestra trayectoria laboral en Madrid, en la banca. Ahí nos dimos cuenta de que nos faltaba algo. Yo, personalmente, sentí que me había confundido de carrera, porque me gusta la naturaleza. Tenía que haber estudiado Veterinaria o algo así. Además siempre me acordaba de las historias que Álvaro y sus padres me contaban navegando en el barco y nadando entre tortugas», confiesa Celia. Ella siempre supo que terminaría buscándose la vida de otro modo. «Él es un culo inquieto. Le cuesta mucho la rutina tan marcada y una vida sedentaria», bromea refiriéndose a su marido.
Fue entonces cuando decidieron comprarse un velero, que les costó menos que la entrada de un piso en Madrid. Al principio lo utilizaban como barco chárter —embarcación para alquilar con patrón o sin él— y lo tenían atracado en Valencia. «Manteníamos el trabajo y bajábamos a Valencia de viernes a domingo», afirman. Así estuvieron durante tres meses, hasta que en marzo les pilló el covid. «Fuimos con una maleta de fin de semana y al final no pudimos salir del barco. Creemos que fue una señal del destino. Un impulso para romper lazos, dejar los trabajos y enfocarnos cien por cien en el barco», detalla Celia. Con la decisión tomada, sus padres tardaron un tiempo en procesar la noticia. «Se lo tomaron regular, porque siendo tan de secano, no entendían nada. Pensaban que me había dado un aire. “¿Cómo lo vas a dejar todo para vivir en un velero?”, me decían», explica la joven entre risas.
Sin embargo, acabaron aceptándola. «Poco a poco fueron viniendo a ver el velero y ahora son los primeros que nos apoyan en la decisión. Están encantados», añade. «Al principio tanto sus padres como la gente de nuestro alrededor pensaban que era algo pasajero, como el que se va de viaje un año. Pero una vez que pasan cinco.... Vamos viajando, haciendo un modelo sostenible económicamente y ya es una vida por sí misma. Eso les ha dado tranquilidad», afirma Álvaro.
«Trabajamos en remoto»
La pareja emprendió el viaje desde España hacia Madeira. Posteriormente pasaron por las islas Canarias en dirección a Cabo Verde. «De ahí cruzamos el Atlántico y estuvimos en casi todas las islas de las Antillas. Llegamos a Barbados y las fuimos recorriendo de sur a norte hasta llegar a las islas Vírgenes Británicas. Después cruzamos el mar Caribe y paramos en Panamá un par de años preparando y trabajando en el barco. Ahora hemos hecho toda Centroámerica: Costa Rica, Nicaragua, Guatemala y en estos momentos estamos en México. Nos hemos enamorado de la Baja California Sur», explica Álvaro.
Pero es inevitable pensar en cómo se sustenta el matrimonio mientras navega. «Tenemos varios negocios. El principal es que recibimos gente a bordo y vendemos experiencias para que vengan a navegar con nosotros. De manera remota tenemos varios trabajos. Yo, desde que era joven, hago trading — compra y venta de activos financieros— y lo continúo haciendo», afirma. Con el tiempo, también han ido ganando fuerza en redes sociales e ingresan por colaboraciones. «Ahora estamos montando una agencia de intermediación, porque sabemos que hay mucha gente que quiere irse a otros sitios en velero. Nosotros les ponemos en contacto con los que trabajan en la zona y les cuadramos las vacaciones», añade Celia.
¿Y cómo es la rutina a bordo? «Depende de si hay alguien con nosotros o no. Si estamos solos, nos levantamos sobre las siete de la mañana, desayunamos tranquilamente y nos ponemos a trabajar hasta las doce en el ordenador. Luego hacemos dos horas de mantenimiento del barco, ¡porque se rompe absolutamente todo!», indica Celia. «Hacemos esnórquel, nadamos, bajamos a conocer distintos sitios, quedamos con amigos de otros veleros... Cada día cambia. Nuestras mañanas son más rutinarias, y las tardes, lo que surja», puntualiza Álvaro. «Estaréis morenos los 365 días del año», les digo. «¡Pues nos dicen que estamos muy blancos!», bromea Celia, que también confiesa que por suerte tampoco necesitan Biodramina. «Nosotros no nos mareamos, pero, por ejemplo, la hermana de Álvaro cada vez que viene sufre», afirma.
Por otro lado, a largo plazo les gustaría, en caso de tener hijos, seguir manteniendo el mismo estilo de vida. «Nos encantaría, pero cuando los niños vayan creciendo no sabemos lo que necesitarán o si cambiarán sus prioridades», explica ella. «De momento creemos que es una vida muy bonita que les podemos dar a nuestros hijos, porque te permite estar en contacto con la naturaleza y enseñar valores con los que consideramos que la gente se desconecta más. Aun así, también vemos que los niños con este tipo de vida cuando crecen y tienen 9 o 10 años sí les falta socializar. Así que ya veremos», puntualiza Álvaro.
Celia tiene raíces gallegas, ya que su padre es de Ourense. «Mi familia es de Meizo, un pueblo que pertenece a Castrelo de Miño. Mi padre se fue a vivir a Madrid de joven, pero ahora ha vuelto con mi madre y están viviendo en Galicia», explica. Allí se casó con Álvaro y, si vuelven a tierra, ella hace presión para establecerse aquí. «Yo siempre abogo por Galicia, pero Álvaro me dice que llueve mucho. Si volvemos, tendríamos que tener una vida con una casa rural y animales. En la ciudad nos cuesta porque hay muchos estímulos y nos parece que tiene un ritmo muy frenético. Buscamos tranquilidad», confiesa. Álvaro parece que acabará cediendo a los deseos de su mujer. «Es una posibilidad ir allí. Lo único que le pido es que donde vayamos a estar, que estemos cerca del mar», manifiesta.