Pedro Ortiz, relojero de Puerta del Sol: «Para ser puntuales, coordinamos las campanadas con tres relojes distintos»

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Pedro Ortiz en el reloj de la Puerta del Sol.
Pedro Ortiz en el reloj de la Puerta del Sol. Gonzalo Pérez Mata / La Razón

¿Quién se pierde las uvas para dar las campanadas año tras año? Él es uno de los expertos que controlan el reloj de la Puerta del Sol durante la Nochevieja. «Llevo casi 30 años sin pasar Fin de Año con la familia», dice

31 dic 2025 . Actualizado a las 09:04 h.

«No te comas las uvas todavía, que primero van los cuartos». Absolutamente todos los lectores habéis escuchado esa frase al menos una vez en vuestras vidas en los instantes previos a las campanadas de Nochevieja, una de las tradiciones más populares de España. Pedro Ortiz Rey (Madrid, 1958) es uno de los relojeros responsables de hacer que todos los presentes en la Puerta del Sol y los televidentes lleguemos a tiempo al año nuevo. Una tarea para la que, según relata, se necesita trabajar en equipo, y de la que se llevan encargando los profesionales de Relojería Losada desde 1997.

—¿Cuántos relojeros trabajáis para dar las campanadas?

—Actualmente, somos cinco. Estamos en el reloj de la Puerta del Sol tanto el día 30 como el 31.

—¿Qué hacéis el día 30?

—Empezamos hace unos 10 o 12 años. Nosotros hacíamos un test el día 30 para estar seguros del sonido, porque durante el año la megafonía no es la misma que en Nochevieja, entonces hay que probarlo todo antes del día 31. El año que comenzamos con la prueba había unas cien personas en la plaza, al año siguiente había 1.000 y al otro año 5.000. Se ha acabado instaurando como una tradición y hay que hacer exactamente lo mismo el día 30 que el 31.

—¿Qué rol tiene cada uno de los relojeros?

—Cada uno está pendiente de uno de los sistemas que tiene el reloj. Nos vamos rotando cada año para que todo el mundo sepa hacer todo: uno vigila que el reloj vaya sincronizado al segundo con el observatorio astronómico; otro está pendiente de las transmisiones; otro vigila uno de los sistemas que solamente se utiliza el día 31, que es la bajada de la bola, porque el resto del año, ni siquiera el día 30 se usa; el último está de comodín, atento por si alguien se pone mal o lo que sea.

—¿Qué reloj usáis de guía para poner el de la Puerta del Sol en hora?

—Hay varios sistemas, el primero, las señales horarias. Tenemos unos receptores de GPS que te dicen exactamente el segundo en el que estamos. Pero además, tenemos también conectada una radio con cualquiera de las emisoras que te dan las señales horarias, y vamos contrastando los dos sistemas. Normalmente, tienen que coincidir los dos. Luego, también comprobamos los teléfonos y demás dispositivos a nuestro alcance, así que hay por lo menos tres medios que deben coincidir entre sí y con el reloj de la plaza. La primera campanada tiene que ser simultánea con la sexta señal horaria. Así lo hicimos desde el principio, hace 30 años ya, y así será.

—¿Cada cuánto revisáis el reloj para aseguraros de su correcto funcionamiento?

—Este reloj lo restauramos nosotros en 1997. Durante estos 30 años hemos hecho que funcione siempre puntual, aunque tiene una variación de menos de cuatro segundos al mes que tenemos que vigilar. Después de tanto tiempo ha habido algunas obras menores y este año, con el permiso de la Comunidad de Madrid, hicimos una puesta a punto, lo desmontamos, lo volvimos a limpiar y ahora mismo está impecable. Aparte de eso, todas las semanas, al menos dos o tres veces, dependiendo del programa de mantenimiento que le toque al reloj, uno de nosotros se pasa por allí, lo revisa todo, lo engrasa y lo pone a punto.

—¿Algún año ha fallado algo en los instantes previos a las campanadas?

—¡No, hombre! Es una máquina y claro, en cualquier momento puede pasar le algo, pero afortunadamente, en estos 30 años, no ha sucedido.

—¿Cómo empezasteis a dar las campanadas?

—La obra de la Real Casa de Correos, se terminó en 1996. Entonces, como el reloj estaba ubicado precisamente en la torre de ese edificio, hubo que desmontarlo para que se pudiera hacer la reforma. Aprovecharon ese momento para hacerle un repaso al reloj. Se hizo un concurso público para ver quién se encarga de hacerlo y lo ganamos nosotros. Desde entonces somos los que nos encargamos del mantenimiento del reloj y de las campanadas.

—¿Cómo es el mecanismo de funcionamiento para ese evento?

—Es todo mecánico. Se conservan muchas de las piezas originales, no todas, porque, como te dije antes, ha habido reparaciones. En el mecanismo no hay nada electrónico, la cuerda del reloj se da con una manivela, como se hacía en el siglo XVI. Exactamente igual. En cuanto a las campanadas, primero va la bajada de la bola, que dura ocho segundos. A continuación, los cuatro cuartos de hora, que duran 20 segundos. Y por último, las doce campanadas y, como te mencioné antes, la primera campanada tiene que ser simultánea con la sexta señal horaria que recibimos a través de los receptores GPS.

—¿Cuántos ensayos hacéis?

—El único que hacemos de cara al público es el del 30. Después hacemos pruebas de puertas para adentro, no son públicas. Es clave enfocarse en ser precisos, porque todas las televisiones están conectadas y tienen sus shows y la publicidad programada, por lo que tiene que ir todo absolutamente al segundo.

—¿Qué clase de fallos se podrían dar durante las campanadas?

—Desde que se rompa la suspensión del péndulo a que una transmisión [conjunto de engranajes que transporta la energía del muelle real hasta las manecillas] se rompa por fatiga de materiales, o que uno de los cables que va a las campanas se rompa. Pueden pasar miles de cosas, pero para eso nos pagan durante el año, para que revisemos todo esto.

—Es una noche en la que toda España está pendiente. ¿Seguís sintiendo la misma presión que la primera vez?

—Exactamente la misma. Van pasando las horas, los minutos, y cuando quedan unos segundos puede ocurrir algún error. Hasta que se da la última campanada esa tensión no desaparece.

—¿Tienes algún secreto para manejar los nervios?

—No, ja, ja. Eso no hay forma de controlarlo. Hombre, sí es verdad que, con los años y la experiencia, conoces la máquina cada vez mejor y sabes que es muy difícil que pase algo, pero no lo puedes asegurar al 100 %.

—¿No te da rabia perderte las uvas con tu familia?

—Claro que a todo el mundo nos gusta celebrar con nuestra familia. Lo que pasa es que, al cabo de 30 años, todos lo tenemos ya asumido. También te digo, que probablemente, este sea el último año que damos las campanadas. Ya somos mayores y yo creo que es hora de dejar paso a la gente joven.

—¿Alguna vez subisteis a algún amigo o familiar para no pasar allí solos el Fin de Año?

—Sí, en una ocasión, hace ya tiempo, vinieron nuestras familias. Cenamos en un restaurante cercano y luego fuimos para el reloj. El problema era que, obviamente, estábamos trabajando, así que no podíamos estar pendientes de ellos, se aburrieron como ostras. Además, no podían estar con nosotros, porque es un habitáculo muy pequeño. Solamente lo hicimos un año y nunca más volvieron.

—¿Ha cambiado mucho el ambiente en la Puerta del Sol durante los últimos 30 años?

— Antiguamente, se veían muchas más familias, los padres y los hijos. Eso ha ido decreciendo cada vez más y ahora, en Nochevieja, apenas se ven niños. Curiosamente, el día 30, en el ensayo, se ven bastantes más. El día 31 es otra cosa, hay más jóvenes y turismo.