Valeria Vegas: «Con 20 años, las folklóricas eran jefas de sus vidas, fueron feministas cuando nadie hablaba de ello»

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Manolo Pavón

La escritora Valeria Vegas hace un recorrido por 27 figuras femeninas de la copla, el flamenco o el cuplé, desde Rocío Jurado a Dolores Vargas. Vidas modernas y referentes, pero que también en algún caso han quedado en el olvido

13 dic 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

La escritora Valeria Vegas se adentra en un terreno conocido, pero sobre el que nunca había escrito: las folklóricas. Con su nuevo libro Tan flamencas: Vida, obra y milagros de nuestras folclóricas (Aguilar, 2025), Vegas rescata las trayectorias de 27 mujeres que marcaron la historia de la copla, el flamenco y la música popular española, desde Rocío Jurado hasta Dolores Vargas, combinando rigor documental, humor y un ojo crítico desde el presente. En esta entrevista, la autora nos cuenta por qué decidió escribirlo, qué figuras la apasionan y cómo estas artistas siguen influyendo, incluso en la música y la cultura contemporánea.

—¿Por qué te has animado a escribir este libro?

—Pues, fíjate, yo tenía la sensación de que ya había escrito mucho de folklóricas. Pero la verdad es que no lo había hecho. Lo que pasa es que a lo largo de estos últimos años, alguna vez me encargaron un obituario de Carmen Sevilla, había hecho algún artículo sobre Lola Flores o Carmen Flores, pero nunca había hecho el libro. Entonces se lo propuse a la editorial y les pareció genial. Además, quise hacerlo con una óptica un poco desde el presente, con humor, y sobre todo quería también que no se perdiese la reivindicación de sus trayectorias, porque creo que a la generación de los zeta o incluso a los millennial, que es mi generación, les falta conciencia a veces de lo que hicieron este grupo de mujeres. No saben que han hecho películas, no saben que han grabado tantos discos… Entonces para mí este libro es una forma de decir: «Vale, vamos a reivindicar también un poco las trayectorias de estas mujeres, que se lo merecen».

—¿Con cuál te quedarías?

—¡Es que me gustan muchas! Sería muy difícil quedarme con una o varias, pero obviamente está ese tótem que igual está muy manido, como Rocío Jurado, o las Flores, tanto Carmen como Lola. Además, desde que era muy pequeña he sido muy de María Jiménez, tengo pasión por Martirio, que es una neofolklórica de esas que luego surgieron en los ochenta, como también María del Monte, en un momento en el que el género estaba de capa caída y de pronto llegan ellas y lo revitalizan. Me gustan mucho también Las Grecas; también Dolores Vargas y Dolores Abril, o Encarnita Polo. Si lo pienso bien, me gustan generalmente las que, además de tener canciones potentes, tienen mucha personalidad. Es decir, las que se entregan en las entrevistas, las que lo disfrutan en el escenario, las que la cagan mil veces cuando dan entrevistas porque son espontáneas y siempre acaban metiéndose en algún jardín.

—Este es tu primer libro sobre folklóricas. Tu bibliografía está más relacionada con la reivindicación LGTBI. Sin embargo, ambos terrenos están más relacionados de lo que pueda parecer.

—Sí, la verdad es que este libro podría ser considerado de temática LGTBI porque hay un mariconeo todo el rato: en ellas mismas, en sus letras. Es verdad que la admiración del público fue generalizada; gustaban igualmente a las amas de casa como a los señores, a todo el mundo. Pero luego es verdad que el colectivo LGTBI es quien ha seguido cuidando, cultivando, admirando y valorando todo ese legado. Además, creo que esas letras dramáticas, exageradísimas, telenovelescas, las entendemos muy bien desde el colectivo. A veces, cuando ahora ves esas portadas de discos, son casi dragqueenianas. El eyeliner negro, el floripondio, la peineta, la pose, el labio perfilado… Es decir, eran un punto muy travesti. Y creo que eso lo hemos entendido muy bien y lo hemos adoptado mucho. Además, no solo era algo que tuviera que ver con el exterior: en el repertorio de ellas muchas veces había grandes letristas y compositores homosexuales.

—También has escrito cine. ¿De quién te gustaría que se hiciera una película?

—Pues mira, a mí me apasiona mucho Dolores Vargas, que tuvo una vida muy curiosa. Sobre todo por su final: después de los ochenta desapareció del mapa y nadie supo nada durante mucho tiempo, y se fue a vivir a unos pisos de protección oficial en un pueblo de Valencia, en Chirivella, y allí murió. Me interesa mucho, sobre todo, no los años del éxito, sino los años del olvido: cómo esa mujer que había sido candidata para Eurovisión, que había triunfado en medio mundo, que todo el mundo conocía…, me gustaría saber cómo fueron esos últimos años viviendo en Chirivella.

—Otro punto interesante de este grupo de mujeres folklóricas es que en su momento no fueron referentes de feminismo, pero sí que llevaron una vida que podría encajar en los postulados feministas de hoy. Pienso, por ejemplo, en Concha Piquer, que se labró una carrera en solitario desde bien joven.

—Muchas de ellas sí que llevaron una vida feminista, pero no todas, porque es verdad que no se puede generalizar. Pero es cierto que la Piquer o Rocío Jurado son dos grandes ejemplos. Vivieron un feminismo cuando todavía no se acuñaba el término, pero sí que eran mujeres que mandaban en sus vidas y no dejaban que nadie mandase sobre ellas. Y en sus canciones, en su forma de vivir, digamos que daban ciertas lecciones. No desde la intención de ir de maestras, sino de la manera más natural. Ellas fueron mujeres que, a lo mejor con 20 o 30 años, ya estaban siendo jefas de sus vidas. Fue el caso de la Piquer, pero además era una señora que se casa con un señor que ya estaba casado anteriormente, o que no quiso que Franco le diese el lazo de Isabel la Católica.

—Ahora quiero volver al presente y preguntarte por artistas actuales, como Rosalía o C. Tangana, que en sus últimas creaciones han querido traer al presente los sonidos de la copla, del bolero o del flamenco. ¿Es una moda o es una forma de dar dignidad a una serie de estilos musicales que durante una época quedaron en el olvido?

—No creo que sea una moda. Creo que hay una generación joven dispuesta a abrazar lo que venía antes y a darle un lugar o valorarlo. Pero no es algo de ahora: yo recuerdo que en los noventa ya surgieron un buen número de figuras que llevaron el flamenco a la música de esa época. Ahí están Navajita Plateá, Niña Pastori o, incluso, Estopa.

—En este recorrido por flamencas también hay que hablar de la televisión. Fue el último reducto que les quedó a muchas para seguir ganándose la vida.

—Sí, toda la razón. Y creo que el caso más latente es el de Manolita Díaz. La gente que tiene menos de 60 años no es consciente de que había currado mucho, de que había hecho decenas de películas, muchos espectáculos de teatro…, pero claro, llegaron los años ochenta y noventa y la cosa comenzó a flaquear. La tele de los noventa fue un dinero fácil y eso enturbió su carrera.

—No es una flamenca, pero también es una historia que viene de la televisión de los años noventa. Quería preguntarte por Antonia Dell’Atte, porque además de escritora eres colaboradora en programas del corazón. ¿Qué te parece este revisionismo que está haciendo?

—A ver, mi punto de vista es que tengo claro que Antonia nunca ha cambiado su discurso y siempre ha mantenido que fue una mujer maltratada. Y que Lequio es una persona que, incluso, dijo en algún programa de televisión que había dado bofetadas a mujeres. Pero con lo del revisionismo de la prensa del corazón no estoy de acuerdo. La cuestión es que el corazón es reflejo de la sociedad. Cosas que nos sorprenden ahora tipo: «¿Cómo el corazón daba lugar a esto? ¿Cómo el corazón permitía…?», es que la sociedad también era así. Por eso ahora el corazón no lo permite, porque la sociedad no lo permite. Entonces, no es que la prensa se haya puesto de parte de Antonia, es que los tiempos están de parte de Antonia, afortunadamente.