No importan las tensiones internas y externas a las que esté sometida una empresa, que soporte una cartera de clientes menguante, que su cultura industrial se haya quedado obsoleta o que las instalaciones sean un hito arqueológico de la era del desarrollismo; da igual, porque la tensión laboral máxima, la fricción principal entre compañeros en general bien avenidos se desata, implacable, cuando hay que organizar el cuadrante de las vacaciones. Existen en las plantillas expertos en escrutar el calendario en cuanto se adjudican los festivos oficiales, personas con capacidades milagrosas para convertir un día de libranza en una semana de asueto, auténticos hachas en la manipulación que siempre tienen un hijo, un abuelo o un disgusto de los que tirar para librar por encima de sus posibilidades y de las posibilidades de los demás. En un país que es el gran resort festivo del planeta, en el que convivimos con millones de turistas que descansan en un entorno tan bien diseñado para rascársela, las vacaciones son un evento sagrado que hay que gestionar con la finura de un buen diplomático. Por eso la convocatoria electoral de Sánchez tiene riesgos añadidos a la debilidad electoral que el Gobierno exhibió el domingo.
Como otros derechos, las vacaciones pagadas las implantó en España la II República y con el tiempo se han ido haciendo más anchas y más largas en una mejora progresiva que los chavales de hoy pelean sin concesiones. A nosotros nos quedaban trazas estajanovistas clarísimas que en su consideración más extrema tenían a los que libraban por el libro como unos flojos o unos indiferentes, pero ya hace un tiempo que la gente descubrió que la buena vida está fuera del tajo y que el sentido de ponerse a trabajar es precisamente librar. Ahí encaja esa pregunta que tanto nos escandaliza a los boomers cuando fichas a un millennial y antes de saber si va a ir a por setas o a por Rolex, exige que se le diga cuándo empiezan las vacaciones. Y si acaso ahí decide.
Desde que el lunes Sánchez anunció, descompuesto, que en la calima estrepitosa de julio nos jugaremos el futuro, la gente se hace cruces por si debe elegir entre votar y folgar. Los previsores con viajes pagados temen que el deber llame a su puerta en forma de junta electoral y tengan que pasar las vacaciones en una mesa. No sé si Sánchez ha contado con ese rebote.