La pandemia arrancó con una solemnidad que con los meses se ha escurrido por la alcantarilla para dejar un paisaje agotado en el que las personas deambulamos con la resignación indolente de quien da todo por perdido. El miedo ha dejado paso a una especie de abulia crónica con la que encajamos cada nueva restricción, cada rectificación, cada nota de aforo, de cierre, de apertura, de contagio, de cuarentena, de tercera dosis de vacuna, de para casa a la una. Tras el brote agudo, con toda la adrenalina temerosa que segregamos, empezamos a entender que esto va para largo y que quizás las cosas nunca vuelvan a ser como solían. El peor efecto secundario colectivo de la pandemia es ese gesto descreído que se nos va dibujando en la cara.
Aquellas fotos del mundo vacío y del ejército patrullando el Obradoiro fijaron una foto a la altura del drama en el que nos estrenábamos, un paisaje de una épica dolorosa e impactante con la estética de un buen thriller distópico. Pero año y pico después, aquel Todo Esto de un dolor vibrante y temeroso es hoy un laberinto emocional lleno de recovecos y callejones sin salida.
A esa imagen de dédalo social ha recurrido Casa Grande de Xanceda al construir un ecolaberinto visible desde el cielo en el que invitan al covid a perderse. El ingenio es un maizal transformado con tecnología de agricultura de precisión que los visitantes pueden recorrer para percibir esa sensación de embrollo, ese pálpito inquietante que tan bien transmiten los laberintos, con el que encierra al niño de El resplandor a la cabeza.
La pregunta a estas alturas ya empieza a ser cómo será el mundo post-covid. Se ha echado mucho la vista a la gripe del 18 para escrutar la escaleta de aquella pandemia y anticipar algo de lo que seremos después de Todo Esto. La principal certeza es que aquel brote vírico fue sepultado por los cañones de las dos guerras mundiales y que solo ahora que estamos en algo parecido nos hemos interesado por el terremoto que supuso. Una de las consecuencias de aquella epidemia devastadora, una vez que el virus se retiró, fue el auge del naturismo, una búsqueda del aire puro que quedó impresa para siempre en algunas culturas y que hoy, con las correcciones que impone el paso del tiempo, ha forzado también el covid. Porque lo cierto es que estamos en plena estampida verde, con un consumo casi bulímico de senderos, caminos, playas, puestas de sol, montañas y ríos que navegar, de manera que una incursión solitaria por el monte puede acabar siendo una manifestación sin derecho a pancarta.
La profundidad de las cicatrices que dejará el covid ocupará a los observadores de la humanidad los próximos años. Algunas quizás aceleren giros del guion que hace un año eran tímidos. Otras supondrán cambios más bruscos. Puestas a pedir, un ruego encarecido: que los besos de codo que nos ha traído el covid no hayan llegado para quedarse. Por favor. Por favor.