«Mi único vicio a mis 100 años es una onza de chocolate»

El próximo día 19 Hilda Isabel Serantes, vecina de Ourense, cumplirá cien años de vida. ¿Su fórmula? Descanso, ejercicio y el cariño de una familia que la anima a viajar a su Cuba natal


Sentada en el sillón de su salita, Hilda Isabel Serantes sonríe mientras ve un vídeo suyo haciendo estiramientos frente al mar, durante unos días de vacaciones en A Ramallosa (Baiona). Y en un arranque de fortaleza, deja el móvil, se levanta y se inclina para tocar con sus manos la punta de los pies. El día 19 cumplirá cien años de vida, otros tantos de experiencia. En Ourense, la tierra de la longevidad, los recuerdos de los centenarios son algo más que una anécdota, porque la cabeza de muchos de ellos es un baúl de recuerdos. En definitiva, un patrimonio más de la provincia. Hilda, que nació en Ciego de Ávila (Cuba) y suspira cuando se le pregunta si está entre sus planes viajar algún día a la isla, llegó a España siendo muy pequeña y a bordo de un barco. Una travesía de 15 días por el Atlántico. «¿Y ahora con los aviones imagino que mejor, ¿no?», pregunta Hilda. Sus ojos azules están tan vivos como su sonrisa. Y su memoria, fresca. Recuerda bien la calle de Ciego de Ávila donde su padre, antes de que cruzasen el océano, fundó una joyería. «Y el portal era el número 121», dice.

Cada centenario suele tener su fórmula particular para explicar cómo sigue brindando por la vida año tras año. Y casi todas son sencillas. Un paseo, mucho descanso y una copita de vino. En el caso de Hilda, sigue haciendo una tabla de ejercicios por las mañanas, come mucha verdura, de vez en cuando se toma un poco de lambrusco y, ante todo, el café debe ser descafeinado. «Mi único vicio es el chocolate. Eso me pierde», cuenta. «Pero solo una onza cada día. Contadita. Y sin azúcar, que soy diabética», agrega. Una onza. Ni más, ni menos. Si realmente hay algún secreto para seguir sumando años sin que el paso del tiempo haga mella, quizá sea la alegría, también la naturalidad.

Hilda, que pasa muchas horas viendo concursos como Saber y Ganar y también los informativos, contemplaba días atrás las noticias sobre las elecciones presidenciales en Estados Unidos con la incertidumbre de qué pasaría si Trump lograba su segundo mandato. Una de sus dos hijas dice: «Ella está enterada de todo. De la pandemia del covid-19, de la situación política... Y gente como Abascal le preocupa». Hilda se considera socialista hasta la médula. Se crio entre Ortigueira y A Coruña. Ella nació un 19 de noviembre, y fue precisamente ese día, en el año 1933, cuando las mujeres pudieron ejercer su derecho al voto en todo el territorio español por primera vez. Pero aquel arranque de libertad duró poco. Llegó la Guerra Civil y ella se encontró de repente siendo madrina de un chico, diez años mayor que ella, que en las cartas evitaba despedirse con coletillas clásicas de la época en el ejército. «Él nunca ponía nada como un 'Arriba España'. Escribía cosas muy bonitas y era muy culto», explica. Ocurrió que aquel desconocido, que se encontraba fuera de lugar al entender que aquel conflicto bélico les había sido impuesto y arrastraba a muchos a la muerte, se convirtió en el amor de su vida. «Cuando se licenció vino a Ortigueira a verme», dice Hilda. Se casaron en la parroquia de Santo Tomás, en A Coruña, a un paso del Orzán. Y los pasos de ambos les llevaron a orillas del Miño.

En la casa de Hilda está muy presente el recuerdo de Secundino Couto, el último alcalde republicano-socialista del ayuntamiento de Ponte Canedo. Él era el padre de su marido, Luis. Y Luis, mientras devolvía respuestas escritas a una mujer a la que no conocía, pero que era su salvavidas para sobrellevar el día a día, revisaba cada día las noticias sobre los fusilamientos durante la guerra, con la esperanza de que ninguno le hubiese tocado a su padre. Hilda lo cuenta con toda la entereza que puede porque sabe que él lo pasó mal. Por eso, nunca se olvidó de reiterar a sus dos hijas, Marisa e Hilde, la importancia de exprimir la vida hasta el último minuto. Y el testigo de las tres lo ha recogido su nieto, Brais, fotoperiodista. En la salita de Hilda, una foto de ambos, sonriendo cabeza con cabeza, ahonda en esa filosofía. Y en la cuenta de Instagram de Brais, una de sus primeras publicaciones es precisamente con ella. «Mi segunda madre me recuerda cada vez que la visito que no hay que dejar nada en el tintero», reza en ella. «A él siempre le digo cosas», dice Hilda riendo.

Queda pendiente saber cuándo volverá a Cuba. Aunque sea por unos días. Ella dice sentir algo de morriña por la isla. Cuenta que estaría encantada de volver, de contemplar de nuevo el Malecón de La Habana. «Hay que organizar algo cuando esto mejore», dice su hija Hilde. Su familia, en el salón, le hace ver que, mientras sigue soplando velas, aún está a tiempo. Porque a Hilda, la centenaria de A Ponte, le queda cuerda para rato.

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