Por encima de algunos oficios sobrevuela siempre una sospecha. Son víctimas de una idea de la producción que implica sacrificio y desasosiego. Se sospecha, por ejemplo, del actor, porque su ocupación no rige según las reglas de la fábrica, sometidas a horario fijo, patrón y capataz, según el modelo Manchester, cuando el capitalismo balbuceaba. Hay quien desprecia al actor por ser un titiritero, constructor de materiales no esenciales, un electrón libre prescindible cuando la soga aprieta, porque siempre hay quien considera la cultura, la agitación o el simple entretenimiento materiales decorativos. Se olvidan de que la pulsión creativa y la vocación de trascender ya estaban en los primeros de nosotros y que el arte no se come pero sin el arte se muere.

Se sospecha, también, de los bares, sobre todo de los bares a partir de una hora, cuando los candiles se encienden y la luz del sol huye. A algunas nos pirra la noche pero supongo que aflora un atavismo animal, un resorte primigenio que recomienda escapar de la oscuridad y guarecerse. En realidad hace varias pandemias que abandonamos las praderas y creamos un ecosistema de lugares a los que acudimos a comer o a beber o a charlar o a llorar o a ligar o a cortejar o a vivir. De todo lo que está siendo arrasado, el de los bares ha sido el primer escuadrón sacrificado. Su inmolación lleva registro sanitario y su cierre una justificación por el bien común. Pero me da que nos acordamos poco de los taberneros. Del que se fabrica una nómina justita a base de cucharillas de café y pinchos de tortilla. Del que ha llegado a los cincuenta tirando cañas con la destreza de un buen pescador y que hoy no sabe si seguirá vivo para marzo. Del que revisa el BOE como si fuera el informe del oncólogo. Del que fue cumpliendo años pinchando a los Cure y hoy echa unas cuentas que no salen. La peste penaliza al ser social que llevamos dentro y a los templos en los que nos bautizamos y nos hicimos personas. Pero en estos tiempos de urgencias nos tienta el miedo y la ingratitud y es fácil pensar que todos esos bares en los que hemos sido nosotras solo son material decorativo que conviene pulir ahora que vamos camino de quedarnos en los huesos. Para esos taberneros, Pandemia puede ser el fin.

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Taberneros