El museo de las relaciones rotas

La capital croata alberga un museo de objetos que formaron parte de alguna relación sentimental, familiar o de amistad. Juguetes sexuales, décimos de lotería, galletas que no llegaron a comerse... ¡Y hasta una postilla! Sonrisas y lágrimas que perduran en el tiempo

De amistad. De pareja. Sexuales. De trabajo. Familiares. De compromiso. De copas. Del gimnasio. Del cole de los niños. De nuestro colegio, que mantenemos con el paso de los años... Numerosos son los tipos de relaciones que existen. Y todavía es mayor el número de formas en las que nos enfrentamos a ellas. Porque, como en casi todo en la vida, aquí también cada uno tiene sus reglas. Y lo que para uno es normal, para otro puede ser una excentricidad. Así, nos encontramos con toda una amalgama de maneras de actuar ante una relación, sea del tipo que sea. Con dos polos, que no necesariamente se atraen. Al contrario. En un extremo, aquellos que se entregan a cada relación (sea del tipo que sea). No dosifican. Como si no hubiera mañana. En el otro, los señores Scrooge de las conexiones, a los que ya se les pueden aparecer los espíritus de las pasadas, presentes y próximas relaciones, que no hay manera de que le den una oportunidad a la tónica. Siguen erre que erre con el Sprite.

Lo que une a toda la humanidad es el dolor que suelen generar las rupturas. Sean del tipo que sean. Con recuerdos buenos y malos. Y ahí es donde encontraron DraZen y Olinka la idea para abrir el primer Museo de las Relaciones Rotas. Fue en Zagreb en el 2006. Años después, disponen de dos exposiciones permanentes (la croata y otra en Los Ángeles), además de una itinerante, que se ha paseado ya por más de cincuenta países.

La mayoría de los objetos son fruto de rupturas de pareja. Y ahí es donde nos damos cuenta de lo tocados que pueden quedar algunos después de haber sido dejados, de los regalos absurdos que se pueden llegar a hacer y de que hasta la postilla de una herida —aunque parezca increíble, uno de los objetos que lucen en la exposición— puede evocar lo que pudo haber sido y no fue. Por rarezas, que no sea.

Un ejemplo. El hacha donada por una alemana. Se trata de una Scrooge de libro de las relaciones que un día conoció a otra joven. Le abrió su corazón. Y compartió con ella hasta el frío de los pies. «Todos mis amigos me decían que tenía que abrirme más. La conocí a ella y fue la primera a la que metí en mi casa». Meses después, tuvo que viajar por trabajo tres semanas. Al regresar, su compañera le anunció que había encontrado otra bolsa de agua caliente. Su lógica reacción —bueno, quizá no tan lógica— fue comprar un hacha y hacer añicos todas las pertenencias de la que fuera su amada. «Cada día que pasaba, destrozaba un objeto y lo dejaba en una habitación. Me servía de terapia».

La mayoría de los objetos son regalos o cosas que compartió la pareja y van acompañados de una historia. Entre los agasajos, los reyes son los sexuales. Como un vibrador que un chico de Indiana le regaló a su entonces novia a mediados de los años ochenta. «Habíamos acordado que no tendríamos sexo hasta que nos casáramos. Así que él me regaló este vibrador». Cuatro años después se casaron y tuvieron un hijo. Pero las prestaciones que le daba el padre de la criatura nunca llegaron a estar a la altura de las del amante a pilas. Así que decidió dejarlo: «No hicimos clic sexualmente a pesar de que engendramos y criamos a un niño hermoso. Me llevó mucho tiempo darme cuenta de cuánto importa el buen sexo». Al ex no le quedaron ganas de regalar más vibradores.

Otro regalo que acabó en el museo después de darle buen uso la dueña fue una tableta de pastillas para la gastritis... Sí, están leyendo bien. «Por mi 18 cumpleaños, cuando todos esperan una botella de algo fuerte o un paquete de condones, mi amor de secundaria apareció con un paquete extragrande de mis tabletas de gastritis. Recuerdo que dijo: ‘Tómatelo cuando te ponga de los nervios o antes de salir con las chicas’». Fue el anticipo de dejarla. Al menos, no sufrió del estómago.

Obviamente, nuestro amigo no era perfecto. Pero es que la perfección tampoco garantiza el éxito. Y más si tienes 20 años. Se dio cuenta una taiwanesa, que en la adolescencia hizo una lista de las cualidades que debería tener su príncipe azul: alto, moreno, guapo, buen amante... Incluso que cocine. Lo encontró, pero le duró dos evaluaciones. Hasta que por su vigésimo cumpleaños le regaló un termómetro de Galileo. Tanta ilusión le hizo que dejó al novio y acabó donándolo al museo. El termómetro, no al novio, aunque no por falta de ganas... «No he vuelto a hacer una lista», comenta.

Pero los regalos acertados tampoco garantizan el amor forever and ever. Lo cuenta la dueña de una sortija que luce en la exposición. «Me había regalado un anillo, que se me fue por el desagüe. Consiguió otro idéntico. Lo rompí. Y él lo volvió a reemplazar. Vi que le daba tanto valor, que me propuse cuidar el tercero al máximo. Al que perdí ahí fue a él. Me dejó».

No solo divertidas o curiosas son las historias y objetos que nos deja el museo. También hay espacio para el romanticismo y la lágrima que provocan relaciones imposibles. «Siguiendo la tradición armenia, vino con sus padres a pedirme la mano a casa. Mis padres dijeron que no estaba a mi altura. Esa tarde, él condujo su auto por un acantilado». O por amores que perduran en el tiempo y se encuentran sin esperarlo. «Primero le hice lamer mis tacones de aguja. Debido a que no era lo suficientemente sumiso y tuvo el descaro de dirigirse a mí como ama y no gran ama, quise azotarlo con más fuerza. Fue cuando lo reconocí. ‘¿Eres tú?’. Él se sobresaltó y, de inmediato, estábamos de vuelta en 1966. Hacía 30 años que no nos veíamos. Él estaba en su segundo matrimonio. Me dijo que tenía el deseo de ser sumiso porque su padre lo había golpeado con frecuencia de niño. Y, al despedirnos, me pidió de recuerdo mi tacón de aguja». Se lo dio. El otro, está en el museo.

Esposas que dejaron de tener sentido, boletos de lotería que recuerdan a aquel grupo de amigos que no quiso compartir la suerte del azar con uno, estúpidos regalos, amarga memoria de malos tratos... Cientos de objetos recolectados durante años que te harán reír y llorar a partes iguales. Ni te lo puedes perder, ni debes dejar de donar y compartir esa tónica que tu particular Scrooge no sabe apreciar.

Otros museos curiosos en el mundo

Resaca. Gafas de realidad virtual, pasillos que se mueven, espejos que deforman la realidad... Todo lo que has sentido alguna vez de resaca, en un museo, que también está en Zagreb.

Comida quemada. Situado en Arlington (Massachusetts, EEUU), es posiblemente el único museo en el que todos podríamos competir por ser los reyes de la exposición.

Fideos instantáneos. Si vas a Tokio, coge el metro y en 45 minutos habrás llegado a Yokohama, en donde está este curioso museo. Pocos más raros habrás visto en tu vida.

El Museo de las Relaciones Rotas al detalle

Decenas de objetos donados lucen en la sede de Zagreb

Votación
0 votos
Comentarios

El museo de las relaciones rotas