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Julien Warnand | Efe

30 ene 2020 . Actualizado a las 19:51 h.

Tiene O que arde todas las bendiciones de la crítica y la emoción asegurada de quien la ve. Oliver Laxe enhebra en esta película aclamada por donde pasa la melancólica despedida de un mundo acosado por bulldozers, eucaliptos e incendios, lo que la convierte en un zarpazo político feroz envuelto, eso sí, de poesía, que es siempre una redención individual.

Pero O que arde es también una descomunal excusa, la dichosa oportunidad de conocer a Benedicta Sánchez, 84 años que el martes por la noche descendieron de un brinco asombroso las escaleritas del escenario del Teatro Principal de Santiago, el Curtocircuito de gala, todo voluntad y clase, con su belleza enjuta y oriental y la melena blanca blanca trasladada siempre de medio lado, esa melena que Laxe le exigió que se dejara. Claro está que la belleza no caduca ni envejece.

Benedicta llegó a O que arde dispuesta a que la vida la sorprendiera otra vez como viene haciéndolo desde que su madre la parió en O Corgo, Lugo. En el primer cásting, cuando Laxe la conoció -el martes se volvió a ver en Curtocircuito esa prueba, quizás para que comprendiéramos qué huellas dejan las películas en quienes las hacen- asoma una primera Benedicta previsible, la que el prejuicio espera.