De tour por Chernóbil


El 6 de diciembre del año 2007 un camión portugués se empotró contra una vivienda en Salcedo. Nada extraordinario en un territorio de casas espolvoreadas encaramadas sobre los arcenes que hilvanan un país desperdigado. Hasta el 21 de febrero siguiente, el enorme convoy convivió en simbiosis con la vivienda. Fueron dos meses y medio de espectáculo escultural, con los muros de la casa poseídos por los hierros del tráiler que tras embestir el edificio se convirtió en su pilar, pues retirarlo significaba el desmoronamiento inmediato de la hacienda.

Las nueve semanas y media en las que aquello ocurrió, Salcedo fue un destino para mirones sorprendidos por el prodigio. Las personas acudían en procesión a contemplar la desconcertante escena, aquella quimera mitad casa mitad camión, algo así como el cacharrazo total, y un cacharrazo suspendido en el tiempo que se dejaba observar por delante y por detrás, como si se hubiese colocado una mirilla telescópica para diseccionar a placer, diagnosticar y pronosticar qué había que hacer con aquel monstruo tan subyugador. Pocas cosas habían llamado tanto la atención en Salcedo en los últimos años; a un vecino se le pasó por la cabeza declarar el camión/casa patrimonio local, y convertirlo en un reclamo turístico que compitiese con la catedral de Santiago o la muralla de Lugo. La expectación llegó a ser de tal calibre que se creó un flujo estable de turistas a aquel punto kilométrico que bien hubiese merecido una ermita cuando el coche al fin fue arrancado de las entrañas amorosas de hormigón y confinado en una chatarrería.

Nada hay más turístico que una tragedia. Existe, de hecho, el efecto mirón que aboca a los conductores a accidentarse por pasmar ante otro coche accidentado antes. La ruptura del orden establecido es definitivamente hipnótica y un accidente sucede porque las cosas, de pronto, dejan de ser como debían ser.

El asunto transcurre inherente al alma humana, pero la sociedad de la exhibición en la que estamos, en la que es más importante fotografiar que vivir, no ha hecho más que multiplicar esta pulsión nuestra. Anda ahora la gente de excursión a Chernóbil, animados por el retrato crudo de la magnífica serie de HBO que mastica la tragedia social y ambiental de aquella hecatombe nuclear. En el ánimo de Craig Mazin, su creador, estaba en realidad ofrecer una metáfora sobre la verdad, sobre la delictiva gestión de la verdad que tantas veces hacen los políticos, estén en Ucrania con Chernóbil, en Galicia con el Prestige o en Madrid con el 11M. El esfuerzo de Mazin, firme en su voluntad de no exprimir el éxito de su criatura con una segunda e innecesaria temporada, emociona en una época en la que se ganan elecciones desde la mentira. Pero Chernóbil ha tenido un efecto colateral grimoso: un ejército de frívolos que no han entendido el mensaje real de la serie y que acuden a aquel escenario mortuorio proyectados por el morbo, y seguramente sin considerar los efectos que la tragedia tuvo y tiene sobre los habitantes de ese territorio. Cuando todo se convierte en un decorado de película la vida real deja de ser importante.

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