La era del pulgar


Además de firmar uno de los libros del año, ese Ordesa al que sucumbe cualquiera que gestione pérdidas, y es este un oficio inevitable a partir de una edad y un gobierno determinados y precisos, el escritor Manuel Vilas gestiona una cuenta en Twitter que da gusto visitar. El día 13 registraba: «Como escritor, lo que más he odiado en esta vida es no saber, no haber estudiado mecanografía. Los dos dedos han sido mi tragedia. Y lo siguen siendo. Libros escritos con dos dedos, triste».

No sé cómo andan a estas alturas del bimilenio las clases de mecanografía, pero han de saber ustedes que hace unos cuantos siglos era frecuente que los padres enviasen a los adolescentes a la academia a aprender a colocar los dedos sobre el teclado para conectar la velocidad del pensamiento con la de la escritura digital. Como casi todo lo que aprendías por indicación parental, era frecuente acudir descreídas y escépticas a aquellas instrucciones, convencidas de que entrar en aquel intrincado laberinto de letras que alguien muy cabroncete había diseñado para jorobar no podía tener muchas consecuencias prácticas, que a aquellas alturas de la existencia era lo único que importaba.

El oficio y los vicios acabaron demostrando que, como tantas veces, padre tenía razón y enseguida escribir rápido, a la velocidad del pensamiento y con todos los dedos, incluido el meñique y, lo que es más importante, sin fijar por un instante la vista en el teclado y hasta en la pantalla, te propulsaba hacia una categoría de seres superiores a quienes ese piano de consonantes, vocales y signos de puntuación no sometía.

En realidad, toda esa relación del escritor con su instrumento es algo profundo, como todos los procesos en los que se necesita un intermediario que traduzca lo que no es sino una nube intelectual que te picotea en la cabeza. Vilas reconoce que «los dos dedos han sido su tragedia», y en esa confesión habita un temor para quienes lo admiramos: ¿Cuántas cosas nos hemos perdido de él por estar sometida su cabeza al imperio del índice y del corazón?

No sé qué tipo de mecanografía se estudia hoy en las academias, pero también en esto la era digital ha sido una revolución. Antes la excelencia promovía el uso coordinado de los diez dedos, pero por culpa de esa extensión vital que son los teléfonos móviles el gran dedo de nuestra era es el pulgar. Esa melodía cautivadora que siempre ha sido un teclado aporreado con tino, ritmo y delicadeza se mantiene cuando tu adolescente envía mensajes con un pulgar que se mueve a una velocidad que desconocías que existiera sin que mediara un motor de explosión. 

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