Estos gallegos no perdieron el acento

DURANTE 150 AÑOS La Nacional ayudó a nuestros emigrantes en Nueva York. Allí llegaron Francisco y Rogelio, uno de Mera y otro de Ourense, para ganarse la vida. Con ellos hablamos en la calle 14 de Manhattan, donde se encuentra esta institución


Recordar es volver a vivir. Bajo esta premisa Francisco Santamaría y Rogelio Álvarez echan la vista atrás en dos vidas llenas de valentía. Quién les iba a decir en sus respectivas juventudes, a uno de Mera y otro de Ourense, que su recuerdo sería indispensable para construir otra gran historia al otro lado del Atlántico. Es la historia de La Nacional, el refugio para miles de españoles que durante los siglos XIX y XX emigraron a Nueva York en busca de un futuro mejor. Su razón de ser está de enhorabuena no solo porque continúa difundiendo el espíritu de fraternidad y solidaridad entre el pueblo español, sino también porque sus cimientos acaban de cumplir 150 años. «La Nacional fue la salvación para muchas personas», revela Francisco Santamaría (a la derecha de la imagen) a YES. Francisco tuvo su primer contacto en 1963, cuando su trabajo de marino mercante le trajo hasta la Gran Manzana con 32 años. En aquel entonces, su tío Francisco Arévalo ostentaba la presidencia de La Nacional. «Los españoles veníamos para familiarizarnos con la ciudad y estar con compatriotas que además te ayudaban a encontrar trabajo», explica. Entre ellos hubo políticos, poetas y artistas como Luis Buñuel o Federico García Lorca que escribió parte de Poeta en Nueva York durante su estancia en La Nacional. «Hacían el mejor café del mundo, el de Puerto Rico. Se llamaba café Caracolillo», cuenta Francisco con una sonrisa pícara. «Lo hacían con paño de tela y la gente se levantaba de la partida de dominó solo por el olor», describe nostálgico. Eran otros tiempos. Aquellos en los que se pagaba 62 dólares al mes por el alquiler de una casa en la zona de Little Spain (‘la pequeña España’). Hoy cobran más de 3.000 por un estudio en la calle 14 de Manhattan, entre las avenidas séptima y octava, allí donde ondea orgullosa la bandera de España. Rogelio vio esta enseña por primera vez cuando tenía 26 años y llegaba a Nueva York con 40 dólares en el bolsillo. «Tardé quince días en encontrar trabajo», recuerda. «Me brindaron comida», agradece con lágrimas en los ojos a la que describe como «mi casa». Y es que entre las labores de La Nacional estaba la de facilitar alojamiento, empleo y asistencia médica. «Había un doctor alemán enfrente que a mí me salvó la vida después de una apendicitis que pasé», cuenta Rogelio. Es más, La Nacional compró cuarenta panteones en tres cementerios neoyorquinos para que aquellos socios que fallecían sin familia tuviesen un entierro digno.

UNA AYUDA INMENSA

«Nació como una sociedad filantrópica creada por comerciantes españoles bastante prósperos, que recavaron fondos para ayudar a los compatriotas pobres que venían principalmente de Cuba, tras la guerra de la independencia», detalla James Fernández. Este catedrático de literatura española en la New York University y experto en inmigración española en EE.UU., cuenta que sus eventos incluso fueron recogidos en la sección de alta sociedad del The New York Times. La labor de La Nacional fue evolucionando junto con el perfil del inmigrante. «Pasa algo parecido con la labor de ser padres. El éxito consiste en que dejes de ser necesario. En líneas generales, los emigrantes lograron prosperar y adaptarse a la cultura norteamericana, por lo que esa necesidad de estas sociedades benéficas se ha hecho ahora más simbólica que vital», relata James, nieto de asturianos.

En la actualidad, el centro español trata de mantener el legado impulsado en 1868. En su restaurante, por ejemplo, el chef Francisco Parreño sigue preparando básicos de aquella época como tortilla o patatas bravas. Mientras, el director ejecutivo, Roberto Sanfíz, se esfuerza en recuperar la fiesta de Santiago Apóstol. «Antiguamente se cerraba la calle 14 durante una semana. Ahora estamos negociando para hacerlo el 25 de julio», avanza. «Para que las demás naciones del mundo sepan dónde estamos», reivindica Rogelio con morriña. Es la misma que emana de Francisco quien ataviado con su inseparable boina negra, confiesa que «todos los días» se acuerda de Galicia. «Como digo yo, á beiriña do mar».

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
20 votos
Comentarios

Estos gallegos no perdieron el acento