Aparecen en los periódicos obituarios de un tal Luis Otero, ‘comandante’ de un inventito llamado Unión Militar Democrática del que apenas se habla. Los millennials (y los mayores; sospecho que esta historia ha sido olvidada también por los adultos) deberían saber que en 1974 un grupo de jóvenes militares peleaba de forma clandestina por un peligroso invento llamado democracia. Deberían saber también que entre los rebeldes se encontraba el gallego Xosé Fortes. Que su retorcida empresa los llevó a visitar varias cárceles y un consejo de guerra. Que aunque Suárez los amnistió nunca consiguieron volver a ponerse al frente de un regimiento. Y que lo que pedían era restablecer las libertades democráticas y los derechos humanos; luchar contra la corrupción y abordar reformas socioeconómicas que permitieran mejorar la vida de los españoles. Cosas, todas ellas, muy subversivas, como salta a la vista. Como vivimos en una sociedad alzhéimer, la muerte de Luis Otero se despachará con un puñado de artículos y algunos lamentos privados, cuando su disposición debería ser compartida en colegios e instituciones, premiada y analizada porque ese puñado de soldados eran de lo mejorcito de nosotros.
Somos muy rácanos con los agradecimientos. Les debemos gratitud a todos aquellos que nos precedieron y que nos han permitido llegar hasta aquí. Personas que se la jugaron, mujeres que dijeron que no, militares demócratas en entornos totalitarios, sabios que arañaron nuestra tendencia a la mortalidad.
En el campus que la Universidad de Valladolid tiene en Segovia se juntaron hace unos días un grupo de periodistas para hablar de ética. Allí estaban Carmen Sarmiento y Rosa María Calaf, dos grandes maltratadas por el presente y la memoria. Calaf, despachada de TVE con una misiva sin acuse de recibo y cargada de mala educación, recordaba aquella primera redacción en la que ni siquiera había baño de mujeres. Como La Sarmiento, tenemos la suerte de escucharla mucho desde esa ominosa jubilación oficial que las dos contradicen cada día con pasión y magisterio del bueno. Carmen fue una de nuestras primeras reporteras de guerra, una periodista concienzuda y brillante que hasta hoy mismo trabaja para dar voz a las mujeres. Escuchándolas es inevitable considerar que escuchamos poco a las que nos precedieron, que entre los consejos de ancianos y esta patológica obsesión por la juventud tiene que haber un término medio y que en la convivencia intergeneracional aparecen las grandes cosas.
En lo más brutal de nuestra última crisis, la Xunta decidió jubilar sin contemplaciones a todos los médicos que llegaban a los 65 años. En un puñado de años salieron del sistema la generación de sanitarios que puso en marcha el sistema público español, que a pesar de la devaluación sigue siendo uno de los mejores del mundo. Además de la pérdida flagrante de sabiduría, la evaporación de estos profesionales dejó huérfanos a sus colegas más jóvenes e inexpertos, que tenían que compensar la falta de experiencia y la inseguridad de los primeros años con un exceso de pruebas que facilitaban el diagnóstico y mitigaban las dudas inevitables del primerizo. Una incertidumbre que hubiese aplacado la convivencia con esos veteranos despachados con cajas destempladas. Porque las mejores mentes colectivas son diversas; comparten la osadía descarada de la juventud con la experiencia y el método de la madurez. Mirar hacia atrás y considerar a los mejores de los que estuvieron antes no es un ejercicio de justicia sino de inteligencia. Y saber qué hizo Luis Otero una necesidad democrática imperiosa.