Orgullo en prime time


Los músicos de verdad no participan en concursos de televisión. Programas como La Voz son en realidad descomunales orquestas que amenizan la verbena catódica en la misma liga que la París de Noia. Ni más ni menos. La fórmula dispara los audímetros y conecta a los televidentes con veinteañeros que además de hacer sus karaokes son el retrato de una época. El espectador se sienta en su puf, empuña el mando y se va haciendo una idea de cómo van las cosas por ahí fuera. En el año 2001 atracó en España un concurso llamado Operación Triunfo. Su éxito y sus históricas audiencias no habitaban en el talento chato de aquellos chicos ni en la reproducción impostada de éxitos musicales de ayer y de hoy. La gente no consumió cultura, sino sociología: la de la muchacha obesa e ignorante que se abre paso; la del cantante de orquesta que brilla en el gran escenario; la del albañil con carisma de andar por casa; la de la cantante de hotel resultona. Perfiles todos similares de jóvenes humildes que aspiraban a triunfar. El espíritu de Paco Martínez Soria a veces se asomaba por allí, pero la fórmula resultó infalible y el fresco consiguió una audiencia media del 44 por ciento y picos del 73. Las cifras son una barbaridad que le conceden al concurso una dimensión histórica que se explica por la vía de la identificación: la España del 2001 en la que Aznar le daba con un salero indecente a la piqueta se veía a sí misma subida a aquel escenario.

Tantos años después, OT ha regresado a TVE. Vuelve a haber veinteañeros con ganas de triunfar aunque se les intuye una formación mejor y una homologación más europea. La fórmula se repite pero el éxito la vuelve a acompañar por lo mismo que en el 2001: el programa traslada un retrato veraz de cómo transcurre hoy la vida a los veinte años o al menos de cómo puede transcurrir. Y lo que el espectador observa devuelve una imagen descargada de la complacencia con la que muchas veces diagnosticamos hoy a la juventud. Mientras en Pamplona se juzgaba a la manada, una chica bisexual con el pelo rosa besaba a su novia transexual en prime time. Ternura y normalidad. Orgullo sin la fanfarria de las carrozas. Impensable en el 2001. Lo que cantan es lo de menos. Así son también esos marcianos de 20 años a quienes tantas cosas reprochamos.

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