No salgo de aquí

¿DÓNDE QUEDAMOS? Donde siempre. Si es que aunque en tu pandilla haya el típico al que le encanta hacer brainstorming de nuevas aperturas o locales que se han puesto de moda en los minutos previos a quedar, la inercia nos lleva a acabar en el lugar de siempre y con la misma gente. Ya ven, como en casa. Si hasta hay sofá...

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Los protagonistas de este reportaje no son Piraña, Javi, Quique o Tito, pero están a punto de entonar el «No nos moverán». Nuestras pandillas se han acomodado tanto a sus sofás de estos locales, casi como Rachel, Ross y compañía al de Central Perk, que lo mismo en unas semanas cuando llegue el frío se llevan hasta la mantita. No repiten por pereza, sino por convicción, ya que parece que aquí han encontrado lo que necesitan para sentirse como en casa fuera de casa. Que si el ambiente, que si es acogedor, que si la cocina... son algunos de los ingredientes que hacen que estos bares tengan la fórmula para enganchar semana tras semana a sus clientes más fieles.

 

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Rebeca con el pequeño Teo en brazos, Nuria, Pablo, Iago, Dani o Alicia (de izquierda a derecha) no faltan un viernes a su cita en La Consentida, en Alfredo Vicenti, en A Coruña. Vale, que está a pocos metros de Raz, la tienda de surf que tiene Dani Gambón en la calle de atrás y es una pasión que los mantiene unidos desde hace años, pero a otros miembros del grupo que no pudieron quedar para este reportaje no les pilla tan cerca y se desplazan igualmente hasta aquí. «En concreto nos gusta este rincón, si está libre allá vamos, pero los viernes suele haber bastante gente así que nos acomodamos donde sea», explica Dani. Las cañas de los viernes en La Consentida son un ritual para estos amigos, con algo de picar entre medias por supuesto, pero si tienen oportunidad también se dejan caer el jueves o el sábado al aperitivo. «A ver, aquí estamos muy a gusto, antes íbamos a otros, pero desde que abrió no salimos de aquí». Bueno, salir sí salen porque en el grupo hay pequeños a los que a cierta hora el cuerpo les pide casa, pero un par de horas no se las quita nadie. Y aunque pueden presumir de ser los clientes más fieles del local, si tienen que esperar para coger mesa lo hacen. «Solo reservamos si tenemos pensado cenar, pero para tomar unas tapas no, pero eso sí, cuando podemos mandamos a uno de avanzadilla antes de las ocho y media, que es la hora del follón». Los dejamos en su rincón, nos vamos a Ourense.

MUCHO MÁS QUE UN BAR

Hablar de El Cercano en Ourense no es hacerlo de un bar ni de una cafetería, aunque lo sea. Nace de una idea romántica, como él mismo lo dice, de Moncho Conde-Corbal. Este espacio cultural, en el que por supuesto te puedes tomar algo, es un lugar de comunicación y encuentro. Por eso muchos ourensanos con ganas de hablar, de conversar, de aprender, lo han elegido como punto de encuentro. En El Cercano caben todas las ideologías, o ninguna, y allí se celebran desde presentaciones de libros, a clases de yoga o de teatro. Y los grupos nacen allí mismo. Situado en la calle Cardenal Quevedo, El Cercano acoge a todo tipo de personas. Incluso a aquellas que llegan solas y acaban uniéndose a la conversación. Esa es la idea. Este espacio cuenta con suscriptores, o mecenas como les llama Conde-Corbal. Personas, no todas de Ourense, que aportan un grano de arena para que este lugar siga manteniendo su filosofía. La idea nació en un piso y fue creciendo tanto que finalmente hubo que convertirlo en una cafetería porque las grandes ideas muchas veces salen tras un relajado café.

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«En tiempos en los que los amigos se hacen por las redes sociales, son virtuales, son necesarios lugares en los que hablar cara a cara, en los que encontrarse», afirma el propietario. Y lo consiguen. Incluso van más allá y son capaces de reunir los gustos de sus clientes y amigos para editar libros y llevar a cabo propuestas audiovisuales a través de iniciativas similares al crowdfunding, pero no a través de las redes sociales, sino en las conversaciones individuo a individuo. Una vez a la semana los componentes del grupo de teatro se dan cita en un apartado de la cafetería. Y tras declamar y declamar, no se van a casa. Se quedan en El Cercano tomando algo y conversando sobre lo que ocurre en Ourense o simplemente de aspectos esenciales de la vida. La cita es ineludible. Lo mismo ocurre con los grupos de gimnasia e incluso con ciudadanos que no participan en sus actividades pero se citan semanalmente.

 AL BAR A RECUPERARSE

El deporte y los bares son dos cosas que suelen casar muy bien, y el bar Avante, en Carballo, lo sabe de primera mano. Desde el 2013 ha entablado una relación que va sobre ruedas con dos clubes ciclistas de la zona. «Quedábamos noutro bar. Pero ao pechar enterámonos que os do Monteneme viñan ao Avante. E como nós somos poucos pois decidimos unirnos para facer as rutas máis levadeiras», explica José García, presidente de la asociación deportiva Media Ducia.

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Aunque estos deportistas sí que pueden presumir de salir de este local. Todos los domingos por la mañana se juntan para realizar rutas y el punto de partida es siempre el mismo: el Avante. ¿Por qué este establecimiento y no otro? Martina Tasende, una de las ciclistas, lo tiene claro: su localización: «Eu penso que é pola zona na que está situado e polo aparcamento do centro comercial que temos ao lado». Además, José señala que «o bar é moi amplo e moi cómodo. E iso está ben porque a veces somos moitos e a ver onde nos metíamos!».

Acuden como los fieles que van a misa cada domingo, pero en su caso «comulgan» dos veces. «Hai que parar antes e despois da ruta para recuperar toda a enerxía» dice. Es aquí cuando se destapa uno de los factores más importantes de su «fe» en el Avante: los callos. Solo la idea de pensar en esta contundente receta (aunque sea en una proporción mínima) les da energía para recorrer los 50 kilómetros (cuando no son más) que se suelen meter de media cada fin de semana. Así que tras el cafecito o un desayuno ligero hay que ponerse en ruta pensando, eso sí, en la sabrosa recompensa.

Ante esta fidelidad a la barra de bar, las camareras del local ya les sirven sin que abran la boca. «Xa sabemos o que queren a primeira hora, máis o que queren cando volven. Algunha vez hai algún que cambia o que pide, pero non é o habitual», explica Vanesa Fernández.

EL SOFÁ DE «FRIENDS»

La pandilla de Montse Acuña es divertidiísima. Lo reconoce Álvaro Ibaibarriaga, el propietario del Pintxoviño, y si lo dice él, es que lo es. Si no se lo cree, no tiene más que pasar por este local del corazón histórico de Pontevedra, situado en plena Praza da Verdura, a partir de las nueve de la noche, aproximadamente, para comprobarlo. Allí estarán casi con total seguridad este grupo de cerca de diez personas haciendo su sesión de terapia. «Es como el sofá de Friends -apunta Montse-, allí nos hacemos confesiones y las risas, sobre todo, muchas risas». Es la puesta al día del final de la jornada. Y tienen hasta su propio banco. O dos, mejor dicho.

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En realidad es uno solo, pero en función de dónde lo coloquen y de la estación del año se convierte en lo que ellos mismos llaman el «salón de invierno y el de verano». Cuando hace frío y Álvaro lo instala en su lugar, al final del local, ellos se van abriendo hueco. Es frecuente que el Pintxoviño esté abarrotado, pero ellos tienen recursos más que de sobra para acabar en su rincón. Cuando llega el calorcito, presiden la Praza da Verdura y el mundo en directo.

«Cuando alguien pregunta en el grupo de WhatsApp dónde estamos, la respuesta es siempre la misma: “¿Dónde vamos a estar”?», cuenta, y vuelve a reír. Es su lugar de referencia para desestresarse, para sacar el lado bueno a las cosas y hacerlas un poquito mejores. En su sofá de Friends del Pintxoviño comparten tristezas para que sean menos tristes, y alegrías para celebrarlas como se merecen. También los domingos por la mañana. Quedan para su «café torero» y lo que venga después.

Por eso no suelen faltar, aunque podrían. No es una cita obligatoria, y no siempre pueden estar todos, pero lo más probable si pasa por allí es que estén, al menos, dos o tres. Y eso que ya casi ni recuerdan cómo se conocieron. Sí lo que les une ahora. Fueron tres compañeros de trabajo, funcionarios en Pontevedra, los que comenzaron a quedar aprovechando la tan beneficiosa moda del afterwork. Se trataba de despejarse al terminar la jornada laboral, relativizar e irse a casa con una sonrisa puesta. Poco a poco se les fueron sumando amigos de amigos, compañeros de compañeros, conocidos de diferentes lugares, y ahora es difícil separar a unos de otros.

«Cuando entramos por la puerta nos sirven una cerveza sin tener que pedirla», explica. Lo hacen ahora y lo han hecho los diferentes camareros que han pasado por allí en los últimos cuatro o cinco años. Fue cuando empezaron a reunirse, pero entonces no tenían un lugar fijo. Fue una cuestión de selección natural. Si uno de los empleados se va y han cogido confianza, le hacen un regalo de despedida. Porque ellos se quedan.

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