Un ataúd en el salón

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Por muy prevista que esté, la muerte siempre nos coge por sorpresa. Aunque el tránsito sea un trámite plácido y en el momento adecuado, aunque sea la conclusión sabida y tardía a una vida plena, a casi nadie le viene bien palmar. Así que lo normal es que nos desentendamos de la única diligencia que sabemos con certeza que va a llegar, como si merodear los asuntos de la muerte antes de que nos sobrevenga la convocara por anticipado.

Esto suele ser así con excepciones. Hay personas que cogen la parca por los cuernos y la reciben con la serenidad que da lo previsible. José María Palacios contó en La Voz la historia de Josefa Rego, una mujer de Guitiriz con las hechuras de un personaje de García Márquez, como aquella Pilar Ternera que se fue con los Buendía a fundar Macondo y murió a los 145 años. Josefa compró su ataúd veinte años antes de necesitarlo convencida de que una gestión tan personal merecía hacerse con esmero y cuanto antes, pues una cosa que tiene la muerte es que es impredecible y a veces aparece de forma súbita y sin llamar. Josefa llevaba preparada dos décadas, pero la cosa se demoró hasta que cumplió casi los cien, cuando al fin ocupó un ataúd que era más suyo que ninguno y en el que debió de sentirse como en casa, acostumbrada como estaba a retirarle el polvo cada día. Porque Josefa guardaba la caja en el salón con la normalidad implacable con la que en torno a mayo metemos en la buhardilla los edredones que necesitaremos, fijo, cuando regrese el viento del norte. El historión de Palacios fue replicado por todos los periódicos e inició una vida intensa en redes como si la esmerada previsión de Josefa y su trato cordial con la muerte hubiesen tenido el premio de la eternidad. Lo hipnótico de la noticia, lo que explica el interés global que ha desatado es su normalidad. No es que las casas se vayan a llenar de catafalcos, pero que Josefa haya abordado con esa seguridad un hecho implacable y temido lo despoja de malos augurios. En las ferias funerarias hay tantas cosas inesperadas como en un desfile de Galliano, lo que demuestra que tanto para morir como para vestir conviene no dar nada por supuesto. Una de las novedades de hace unos años fue un traje de difunto diseñado por Antonio Miró y hay quien inicia el lento proceso de convertirse en polvo en un ataúd refrigerado, como una pepa. En Galicia nos morimos mucho más que nacemos y los empresarios locales que fabrican la parafernalia mortuoria trabajan duro para que el mercado no lo revienten los chinos, que se dedican a construir cadaleitos por cuatro euros aunque el resultado sea parecido a una caja de fruta y el riesgo, que el muerto acabe en el suelo mientras lo trasladan a su morada postrera. Mejor un buen ataúd de Piñor que una baratija de Zhejiang. Galicia calidade, sobre todo si lo vamos a tener veinte años en un sitio preferente del salón.

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