Oye, mi cuerpo pide siesta

ARRIBA EL DEPORTE NACIONAL 1, 2, 3, túmbate y empieza a practicar el Zzzzzzz... En verano para echarse un sueño hay opciones. ¿Sofá, campo o playa? Tenemos el cuerpo para siestas.

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Sí. Están tan a gusto como ves. Que no te extrañe, que es lo más normal del mundo caer en brazos de Morfeo una tarde de verano. El sol aprieta y uno empieza a sentir esa modorra contra la que intenta luchar, y no hay manera. Así que si el sueño tiene pinta de ganar la batalla, para qué intentarlo más. Más vale una retirada a tiempo y dejarse ir.

 Ellos comparten su «kitkat» con YES, duermen la siesta donde mejor les venga y, a ver..., la cama es la cama pero hay veces en que el sitio que nos rodea hace que nuestros sueños puedan hacerse realidad. O eso nos parece hasta que nos despertamos. Abre un ojo y lee...

 ESA OTRA «RESACA»

«No hay manera, es algo que necesito hacer cada día», cuenta Noelia Varela, que, tumbada en la arena de la playa de Santa Cristina nos la encontramos más cómoda que nadie. Y es que no hay nada más placentero que echarnos esa cabezadita milagrosa después de comer. ¿En dónde? Pues para gustos, colores. Y Noelia no se lo piensa dos veces. «En la playa es otro rollo», dice declarándose la reina de las siestas. Pero claro, lo bueno dura poco y cuando suena la alarma aquí la cosa se vuelve más complicada. Los cinco minutitos más, al final, ¿en qué se convierten? «Es horrible, la verdad es que estoy posponiendo la alarma lo máximo posible. Lo de levantarme a la primera no es lo mío», confiesa. Cada uno tendrá sus manías y sus costumbres pero ella se amolda como sea. «Si la siesta es en la playa me tumbo y se acabó, pero en mi casa ya soy más exquisita. Tiene que estar la persiana bajada, pero que haya un poco de luz, la puerta entrecerrada y yo agarrada a las sábanas para dormir mejor», explica. Y ya que estamos puestos a soñar, «la siesta ideal ?cuenta Noelia? sería en una hamaca en la playa, con unas palmeritas y el sonido del mar de fondo». El lugar lo tenemos claro, pero el tiempo ya no tanto. «Lo perfecto sería echarme dos horas y ya reenganchar con mis amigos para ir a la sesión vermú», cuenta entre risas. Pero claro, aquí es cuando entramos en el famoso debate del tiempo exacto para que la siesta sea adecuada y al levantarnos no parezca que tengamos la mayor resaca de nuestra vida. «Para todo hay remedio y con el café todo es mejor», comenta Noe, quien añade que a lo largo del día vas acumulando sueño y el cuerpo pide siesta. La fiesta ya vendrá, que hay tiempo para todo.

No hay más que ver que cuando uno lucha por sus sueños es difícil deshacerse de ellos. Y por eso Noe nunca quiere levantarse temprano... para soñar más. Y no dejar su siesta atrás. Sigamos adelante.

 

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Ya puede haber fiesta en su casa, tronar fuera o tener a todos los nietos jugando a su alrededor armando el escándalo del siglo. Rafael Pérez no perdona su siesta diaria. «Cando me tiro no sofá non me dá tempo nin a quitar as gafas». Este vecino de A Coruña de 72 años sigue siempre la misma rutina: «Acabo de comer sobre as dúas e cuarto e dígolle á familia que vou ver as noticias, pero ao final as noticias sempre acaban mirando para min porque non aguanto nin cinco minutos».

Duerme una hora y media, más o menos. Tiene el cuerpo bien acostumbrado y no necesita poner mil alarmas en el móvil para volver a levantarse. Muchas veces ni sabe dónde lo tiene. Pero si hay algo que consigue que Rafa, como lo conocen en su familia, se levante de la siesta: «Esperto xusto a tempo para ver o programa de Saber y ganar». Eso, y el sonido de la cucharilla al remover el café. Porque él lo toma siempre después de la siesta.

TAMBIÉN EN CASA DE AMIGOS

Cuando come fuera, le cuesta mantener el ojo abierto en la sobremesa. «Se estou nun restaurante teño que aguantarme, pero se estou na casa dalgún amigo co que teño confianza, e teñen un sofá a man, non perdono a miña hora de sono despois de comer». Es de sueño fácil y a veces aún cae alguna cabezadita por la mañana. Es una herencia de su época laboral: «Traballei durante 30 anos a turnos e cando me tocaba entrar ás dúas da tarde sempre durmía un pouco pola mañá». La siesta de la tarde no le impide dormir por la noche. «Sempre me deito sobre as once da noite e ás oito menos dez da mañá xa estou en pé, igual que cando traballaba». Clavado, como un reloj, sin remolonear en la cama.

Rafa nos cuenta cómo duerme: se quita los zapatos, se estira a lo largo sobre uno de los sofás de la sala, con los pies casi colgando y se queda frito con la televisión encendida. Sin manta en verano y con una muy finita en invierno. «Nunca houbo ningunha noticia nin ningún suceso que me quitase o sono». En esa hora larga de siesta duerme profundamente, pero no tanto como para soñar. O al menos para que se acuerde de lo soñado. En su familia cuentan que cuando su nieta Paula era pequeña la respiración tranquila de Rafa era lo único que la calmaba después de comer. «Cando estaba chorando poñíanma sobre o peito e quedaba durmida tamén». No hay mejor terapia que una buena siesta.

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Quien a buen árbol se arrima, buena siesta se propina. Ya lo dice el refrán, ¿no? Y es una de esas costumbres que hacen leyes en casa de Ángeles y Kike, reyes de la siesta a unos metros del pazo de Meirás. Allí está su casa de verano, donde también en invierno se echan la siestita en el jardín «si el tiempo lo permite». Bajo el naranjo, en dos tumbonas. Justo al acabar de comer llega la hora de... leer hasta que las letras flojean y se quedan en el Zzzzzzzz del zueño. Kike echa la siesta desde niño, pero a su media naranja la costumbre-guinda de la sobremesa la pilló «mayor». «Puede ser por la edad, jajaja, que te pide dormir después de comer... un ratito. Y estoy deseando que llegue la siesta, eh. Me encanta. Debajo de un árbol, respiras, con la brisita, si hace calor estupendo... y si no te pones una mantita y ya está». La siesta mejor al aire libre, ¿no? «Sí, la mejor debajo del naranjo». ¿Tiempo? «Una media horita. Me parece mucho, pero luego dices: ‘Ah, pues no estuve tanto’. Viene bien, a mí me da vidilla para seguir». El sueño de Ángeles tiene historia, empieza con un libro. «Yo me pongo a leer, luego veo que no me entero... que me estoy quedando, me pongo el libro en la tripa... ¡y me dejo! Y cuando despierto me tomo un café y me pongo a leer de verdad». El libro que acaba de terminar le encantó, «es Tierra sin hombres, de Inma Chacón. Ella es extremeña pero describe la Galicia profunda de una forma impresionante». «Yo soy más de leer Deportes en el periódico», dice Kike sobre su media horita presiesta a la sombra.

Como en casa en ningún sitio si la vida se hace fuera, en tu jardín, entre ciruelos, avellanos, perales y manzanos que dan agostinas (pequeñas y sabrosas... ¡pásame otra!). «En la casa de Meirás hacemos todo fuera, ya desayunamos aquí en el jardín», dice Ángeles. Y Kike cuenta la anécdota: «Unos días que se quedó a dormir nuestra nieta, le decía a su madre: ‘Mamá, ¡desayunamos en la calle!». Y «en la calle» se echan la siesta también...

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