¿Qué te hace perder los nervios?

MISTER HYDE A LA VISTA Nadie está libre de sufrir un trance así. Aunque existen personas más propensas a la irritabilidad, hay circunstancias que nos pueden sacar de las casillas con más facilidad. Un acto liberador a veces, aunque no el más inteligente si queremos obtener resultados.


«Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis. Yo me calmaré, ¡todos lo veréis!». Carl Winslow no iba desencaminado cuando, antes de lanzar su ira contra Steve Urkel en Cosas de Casa (1989-1997), respiraba profundo unos segundos. La técnica, por básica que parezca, funciona. El estrés provocado por el trabajo, las relaciones familiares, las facturas... puede hacernos estallar en el momento menos pensado. Hay, sin embargo, una lista de situaciones ante las que uno es más propenso a descargar. Una serie de momentos en los que la Towanda que llevamos dentro (así era el grito de guerra de Kathy Bates, Evelyn, en la cinta de Jon Avnet Tomates Verdes Fritos) se revela. «El estado de tensión, nerviosismo, cabreo, ya existe. Una suerte de centinelas internos me dicen que me controle pero, si se da la ocasión y me siento protegido, puedo dar rienda suelta a eso», explica el psicólogo Manuel Lage. ¿En qué tesituras hay mayor probabilidad? El terapeuta pone un ejemplo que en las últimas semanas hizo sonrojarse a más de un padre: los partidos de fútbol. «En el campo de juego, o en un estadio, el individuo se siente protegido por la masa», apunta Lage. Al verse arropado por un colectivo, un aficionado de un equipo, o un progenitor indignado por un árbitro, suelta a voz en cuello improperios que en el tú a tú le costaría más repetir. «Lo mismo sucede, por ejemplo, en una manifestación. El punto está en sentirse menos vulnerables. Si en el cara a cara nuestro cerebro nos emite señales de que, mejor, evitemos el enfrentamiento, cuando somos parte de un colectivo amplio, el amparo del resto nos hace menos frágiles», insiste el psicólogo. Sobre una cuestión tan seria también se han hecho parodias. Una de las mejores que circula por Internet tiene que ver con una famosa secuencia de naturaleza grabada por el equipo de la BBC en Planet Earth II y tiene como protagonistas a un grupo de serpientes, los haters, y a una iguana, un usuario que se atreve a discrepar. Se titula Opinar en Twitter. La red social se ha convertido en una extensión digital de esa masa que envalentona. «Aquí hay, además, otro factor -subraya Lage-, y es que detrás de una pantalla podemos ocultar nuestra identidad. Existe una barrera. Nos sentimos con la libertad de decir lo que sea pero, ojo, no es la barra de un bar. Hay que tener la misma cautela que si hablamos en una conferencia. Lo que decimos queda registrado y, además, una broma, un chiste, un ataque en la Red pueden tener unos efectos de los que no somos conscientes». Otro muro que impide el contacto visual con el interlocutor es el de las llamadas telefónicas. La atención al cliente que tanto exaspera.

«EL INSULTO, POR TELÉFONO»

«Por teléfono puedo insultar, nadie va a saltar del aparato para devolvérmela», ilustra el psicólogo. Si hacemos una encuesta y preguntamos qué otra circunstancia saca más de quicio, el coche ganaría por goleada. «Es como si nos aislara del exterior. Si se produce un atasco, si alguien aparca en doble fila o nos adelanta, pitamos, gesticulamos, vociferamos… uno se vuelve un auténtico energúmeno. Si la persona con la que discutimos para, se baja de su vehículo y se encamina al nuestro, entonces, la cosa cambia», continúa. ¿Qué sucede cuando no hay barreras, ni Twitter ni la peña del equipo o la carrocería del coche? «Hay quien tiene rasgos, digamos, como más neuróticos. Empatiza y se compadece del oponente. Otro, con rasgos más psicopáticos, por el contrario, se viene arriba si percibe que flaquea», añade. Con todo, existen otras formas más saludables de descargar la tensión. Hacer ejercicio regular es una. También practicar actividades agradables, que reconforten. Reflexionar sobre qué esta generando ese estrés, aconseja el terapeuta, es de las más importantes.

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