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Todo lo que hace mi marido me parece bien

Fernanda Tabarés DIRECTORA DE VOZ AUDIOVISUAL

YES

28 ene 2017 . Actualizado a las 05:05 h.

Combato la tentación de dedicar esta página a reproducir sin fin la frase del título como hizo el pirado de Jack Torrance con aquella otra No por mucho madrugar amanece más temprano, no por mucho madrugar amanece más temprano. Imagínense una página entera con ese Todo lo que hace mi marido me parece bien reproducido con la insistencia hipnótica de una oración. Es toda una frase. Redonda, contundente, firme. Cargada toda ella de devoción y de una especie de tradición inquebrantable que bebe de lo mejor de nosotros. No caigamos en la trampa de considerarla una estrategia de defensa de Rosalía Iglesias, para la historia la mujer de Luis Bárcenas. No lo es. Porque nos hemos encontrado mucho con ella en estos años, como si fuera una campanada que marcara el ritmo de lo que seguimos siendo. La dijo Ana Mato en la versión «todos los coches que tenga en el garaje mi marido me parecen bien» y la dijo la infanta Cristina en la versión «todos los papeles que mi marido me dice que firme yo los firmo».

Lo brutal de la expresión lo marca ese todo absoluto con el que arranca, una terrible confesión de sumisión que nos tiene estos días pensativas. Habrá quien defienda esa mansedumbre de género como una opción de vida, un tipo de pacto de convivencia entre dos personas negociado en el territorio infranqueable de la alcoba en donde se reserva el derecho de admisión. Habrá quien reclame el derecho de Rosalía a pensar así y quien censure a quienes la victimizamos por esa docilidad que confiesa. No importa en realidad cómo sea la vida de Rosi dentro del pisazo de Príncipe de Vergara ni las atenciones que recibe de ese B que ella observa perfecto sin reparar en que la perfección es una cualidad divina cuya atribución hay que medir si no se quiere hacer un poco el ridículo.

La razón por la que lamentamos ese todo-lo-que-hace-mi-marido-me-parece-bien tiene que ver con la bofetada que supone para la frágil construcción de un nuevo tipo de mujer que ha entrado en escena para protagonizar los papeles principales en lugar de los secundarios de lujo.