Todo lo que hace mi marido me parece bien


Combato la tentación de dedicar esta página a reproducir sin fin la frase del título como hizo el pirado de Jack Torrance con aquella otra No por mucho madrugar amanece más temprano, no por mucho madrugar amanece más temprano. Imagínense una página entera con ese Todo lo que hace mi marido me parece bien reproducido con la insistencia hipnótica de una oración. Es toda una frase. Redonda, contundente, firme. Cargada toda ella de devoción y de una especie de tradición inquebrantable que bebe de lo mejor de nosotros. No caigamos en la trampa de considerarla una estrategia de defensa de Rosalía Iglesias, para la historia la mujer de Luis Bárcenas. No lo es. Porque nos hemos encontrado mucho con ella en estos años, como si fuera una campanada que marcara el ritmo de lo que seguimos siendo. La dijo Ana Mato en la versión «todos los coches que tenga en el garaje mi marido me parecen bien» y la dijo la infanta Cristina en la versión «todos los papeles que mi marido me dice que firme yo los firmo».

Lo brutal de la expresión lo marca ese todo absoluto con el que arranca, una terrible confesión de sumisión que nos tiene estos días pensativas. Habrá quien defienda esa mansedumbre de género como una opción de vida, un tipo de pacto de convivencia entre dos personas negociado en el territorio infranqueable de la alcoba en donde se reserva el derecho de admisión. Habrá quien reclame el derecho de Rosalía a pensar así y quien censure a quienes la victimizamos por esa docilidad que confiesa. No importa en realidad cómo sea la vida de Rosi dentro del pisazo de Príncipe de Vergara ni las atenciones que recibe de ese B que ella observa perfecto sin reparar en que la perfección es una cualidad divina cuya atribución hay que medir si no se quiere hacer un poco el ridículo.

La razón por la que lamentamos ese todo-lo-que-hace-mi-marido-me-parece-bien tiene que ver con la bofetada que supone para la frágil construcción de un nuevo tipo de mujer que ha entrado en escena para protagonizar los papeles principales en lugar de los secundarios de lujo.

Rosalía, Ana y Cristina, tres mujeres de la misma generación, se supone que instruidas en el respeto a sí mismas, han coincidido en considerar que la estupidez es una buena estrategia de defensa. Ese tradicional «hacerse la tonta» que tanto se ha recomendado a las señoras. Las tres forman parte de la primera promoción de españolas que disfrutaron de la igualdad formal; sus madres, que por cierto ahí siguen vivas, fueron jóvenes en un país que las consideraba una propiedad de hombres de los que no se podían divorciar y de los que dependían para viajar o para abrir una cuenta corriente. Por eso nos suena tan desleal la confesión de Rosalía, como antes nos sonó la de Ana Mato y después la de Cristina de Borbón. Mujeres con el foco puesto sobre ellas que deciden boicotear el sinuoso camino que vamos recorriendo en este asunto del género y la igualdad. Resulta descorazonador escuchar esos relatos en los que tres mujeres con mucha suerte en la vida, tres señoras que han caído en el lado bueno del campo de juego, reconocen que en sus casas las cuentas las llevan los hombres, los únicos dotados para reconocer un asiento contable, y que si algo gordo pasó con los dineros ellas andaban zurciendo. Mujeres, en fin, que viven sin preguntar, recluidas en una rutina doméstica con un rígido reparto de funciones que lamentablemente les ha valido como defensa. En el año 1938, el Estado franquista promulgó el Fuero del Trabajo que impedía trabajar a todas las mujeres que no fueran viudas o solteras. Si se casaban, debían firmar su despido voluntario un mes antes de la boda.

Conviene no olvidarlo.

Por Fernanda Tabarés Directora de Voz Audiovisual

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