Felipe y su pantone

Fernanda Tabarés DIRECTORA DE V TELEVISIÓN

YES

Entre Coco Chanel y Felipe González median casi cien años y unas cuantas toneladas de melanina. 

La diseñadora parece ser la responsable del tostado dermatológico que desde 1923 es un símbolo de estatus. Aquel año, regresa a París bronceada tras pasar unos días de crucero a bordo del yate del duque de Westminster. Chanel era entonces lo más parecido a una it girl, así que no pasó mucho tiempo hasta que fue imitada por todas las mujeres que hasta entonces huían de los rayos uva por considerarlos una agresión de la que solo se libraban los señoritos. Hay anecdóticas referencias previas de la prehistoria del moreno. La más antigua es de 1816, cuando las playas todavía eran la frontera hacia un mundo hostil en el que era poco recomendable aventurarse a no ser que se caminara con una pata de palo y una botella de ron, ron, ron, la botella de ron. Es muy probable que el precursor de Benidorm haya sido el rey Jorge III de Inglaterra, a quien un refinado doctor le prescribió baños de mar para aliviar sus dolencias de espaldas. 

Los efectos secundarios de la terapia empezaron a tambalear un mandamiento estético que durante siglos había protegido a los nobles bajo sombrillas y parasoles. El movimiento alcanzó dimensión de terremoto con la llegada del cine en color y las vacaciones pagadas, aunque sigue habiendo zonas del mundo en las que se esquiva esa reacción química que provoca el sol en la piel.

Desde luego no vive en uno de esos territorios el expresidente González, a quien hace unos días vimos presentar la Tercera Vía catalana con un socarrat dérmico tan llamativo como esa áurea hipnótica que el muy cabrito consigue mantener a pesar de los años y de las mentiras. Alguien debería advertirle a González que a partir de un determinado pantone el moreno es pura ideología. Felipe ya compite en excitación cutánea con otro andaluz, Javier Arenas, y en ambos casos su tintura facial no remite al castigado relieve de la piel de un jornalero, sino a la indolencia con la que un señorito permite que el sol bañe su cutis. La llamativa intensidad del moreno de Felipe invoca buenas piscinas y grandes vinos, ropa de marca, vuelos en primera y exclusividad burguesa. En su piel quemada habita una manera de entender el mundo que no censuramos, pero que amortigua el ímpetu de la socialdemocracia con la que un día meneó aquella España triste con una chaqueta de pana y el aspecto de llamarse Isidoro. 

No creo que a Felipe González le aflija hoy lo que proyecta su imagen. Tiene la edad y la biografía adecuadas para despreciar esta bulimia vinculada a la imagen que nos asiste y tantas veces atolondra al político que empieza. Pero cada vez que asoma en la pantalla esa tez arrebatada algo parece no encajar, como si las piezas no estuvieran otra vez donde debieran.