Ellos acertaron a la primera

Sandra Faginas, Noelia Silvosa y Patricia García

YES

MARCOS MÍGUEZ

TODA LA VIDA JUNTOS. Estas parejas han tenido la suerte de encontrarse muy pronto y sin tiempo para desamores. ¿Por separado? Ni se les pasa por la cabeza.

12 sep 2015 . Actualizado a las 05:42 h.

Hay a quien le sale así, fácil. A la primera, sin necesidad de pasar por desamores ni malas experiencias y sin echar de menos «nada más». Es lo que les ha pasado a Belén y a Fran, esta pareja de A Coruña que, sin darse cuenta, han hecho las bodas de plata de su relación. Tenían los dos 16 años cuando se conocieron, iban en la misma clase, eran vecinos del mismo barrio y aunque al principio a ella no le gustaba («me parecía el típico chulito, el malote del curso, el repetidor»), un domingo él se lanzó, le dio su primer beso y hasta hoy. Al principio tardaron en contarlo y él -siguiendo el modelo clásico- no entró en casa de los padres de Belén hasta que cumplieron la mayoría de edad. Fueron poco a poco y nueve años más tarde se casaron. «No me arrepiento de que haya salido así porque siempre hemos estado bien, y en nuestro caso al no haber tenido hijos nos hemos volcado el uno en el otro, manteniendo nuestra independencia», explica Belén. ¿El secreto? «No hay, pero sí te puedo decir que  nosotros seguimos hablando mucho», añade. De Fran destaca lo cariñoso y detallista que es. De los que siguen sorprendiendo con flores en un aniversario y de los que todos los días le recuerda lo guapa que está. De Belén a él le llama la atención lo asentada que fue siempre, «ya de cría era una mujer, responsable y atenta». «Ella lleva los pantalones y yo me dejo mandar», bromea Fran. O no bromea tanto, porque ?el pronto de Belén es criminal?, confiesa. Los dos se sienten afortunados y apuestan por otros 25 juntos tan a la par. «Hemos tenido mucha suerte -apunta él-,  ha venido así sin necesidad de hacer ningún esfuerzo, a veces la felicidad salta a la cara». 

NO HABÍA WHATSAPP

A sus 26 años, Adriana puede decir que lleva doce con su novio Bernard, de 31. Casi nada. Ya llovió desde que se conocieron. Y no, no fue en el colegio. La culpa la tuvo un amigo común que les presentó. «Empezamos a darnos toques y a mandarnos mensajitos, que por aquel entonces era tremendo, te daban un toque y era la leche porque no había WhatsApp ni nada. Así fuimos empezando, poco a poco», recuerda Adriana, que se escapaba en los recreos para quedar con él durante esos minutos. 

Aunque los dos son de Lugo, se mudaron a Vigo para estar juntos. «Primero vine yo para estudiar, y al poco se vino él también para coincidir y estar juntos. Al principio compartimos piso con más gente y ahora hace dos años que ya nos independizamos del todo los dos solos», explica la chica. ¿Que si alguna vez se le pasó por la cabeza estar con otra persona, o simplemente sola? «No, nunca. No conocí a nadie pero porque tampoco me lo pidió el cuerpo», dice Adriana, que no está de acuerdo con los que le recriminan que se ha perdido lo mejor. «A veces me dicen: No viviste la vida. Pues no, porque no quise. No me llamó decir: quiero salir todas las noches con mis amigas, porque cuando quiero salir con ellas salgo, y cuando me apetece salir con Bernard, lo mismo. Nunca hemos tenido ningún problema, ni ninguna crisis grave», defiende. Cualquiera diría que están camino del altar... pero no. Adriana es rotunda: «¿Boda? Está en el aire. Ahora estamos bien así». Y que dure.

XOAN CARLOS GIL

UN AMOR DE ERASMUS 

Vamos con otra pareja. Lo suyo fue amor casi a primera vista. María López (33 años) estaba a punto de comenzar su segundo año de Biología en Santiago. Ella y su compañera necesitaban dos personas más para compartir un piso en el Hórreo. Pusieron un anuncio. Y al timbre llamó Miguel González (34 años), un inglés de Bristol y padre coruñés (y del Deportivo) que vino a Galicia para cursar un Erasmus. Catorce años después, María y Miguel viven en Teo con sus dos pequeños: Lea de 5 años y medio y Xio, de un añito y medio. Son, como relata María con cariño, «unha familia sempre entre dous países». «Conectamos dende o primeiro día». Tanto, que empezaron a salir en el primer cuatrimestre. Todo ocurrió una noche de marcha por Santiago. Los dos bajaron con un amigo en común y al volver a casa surgió el amor. «Recordo que ese curso houbo moitas manifestacións e casi non había clase, así que pasamos moito tempo xuntos; foi un outono moi interesante», sonríe María. Viven juntos desde el primer día. Solo estuvieron separados cuando Miguel, que estudiaba Hispánicas y Gallego en la Universidad de Birmingham, tuvo que regresar un año y medio a Inglaterra para finalizar sus estudios. «Para os nosos amigos sempre fomos María e Miguel, é difícil pensar en nós por separado». Ahora pasean por Santiago, por la calle del Hórreo, y recuerdan su historia de amor. «Témoslle  moito cariño a ese piso», dicen mirando hacia lo que fue su primer hogar. Como María y Miguel, las vidas de Enrique Pena y Regina López se cruzaron en la universidad. 

UNIDOS POR EL TATAMI

Los dos amaban el yudo. Y el yudo los unió. «El amor surgió en el sótano frío de la antigua facultad de empresariales del campus de A Zapateira, en A Coruña, donde está ahora Arquitectura», recuerda Enrique. Allí se impartían clases de yudo para los universitarios. Regina era una de las alumnas. Y Enrique el ayudante del profesor. Nada más ver a Regina, Enrique supo que esa era la mujer de su vida. Llevan 21 años juntos, «casi 22». «Yo estudiaba Biología, pero desde que la conocí pasé más tiempo en Empresariales que en mi carrera», se ríe Enrique. Desde entonces comparten su día a día. Y su pasión por el jazz. «Cuando éramos más jóvenes nos gustaba mucho bajar a tomar algo y a disfrutar de la música». Ahora tienen dos hijas y acaban de emprender juntos un negocio: son los creadores de la ginebra Vanagandr, «made in» Cambre. Recuerdan con cariño el oscuro bajo de la facultad donde se conocieron. Y el yudo. Será cosa de las artes marciales.

MARCOS MÍGUEZ