15 de septiembre del año 2008. Quizás pocos recordemos qué estábamos haciendo aquel día. No es una fecha-pliegue, como el 11-S o el día que Tejero violentó el Congreso, un día de esos que pespuntean los límites de una generación. Hay jornadas en las que todos recordamos qué estábamos haciendo, coyunturas que nos hacen contemporáneos de los millones de personas con las que convivimos y a las que nunca conoceremos; instantes en los que la historia gira y zarandea a los que viajan con ella. El 15 de septiembre del año 2008 no es una fecha de esas, pero debería. Ese día todo cambió con la misma furia aunque con menos fotogenia que la mañana en la que decayeron las torres gemelas de occidente. Aquella jornada de ese mes decadente que suele ser septiembre, Lehman Brothers quebró. Y después, como dejó dicho el portavoz de Alianza Popular Manuel Iglesias Corral en un seminal parlamento gallego, pasó lo que pasó.
Entre las muchas cosas que pasaron una de las más impetuosas es el recalentamiento político de los países más devastados por la crisis. En España, por ejemplo, en donde varias generaciones se habían convertido en abstemias ideológicas, el sopapo de la Gran Recesión incorporó a filas a cientos de miles de ciudadanos que habían alquilado su soberanía y que de pronto recuperaron las llaves. Y los políticos, que hasta el 15 de septiembre del año 2008 eran una estirpe a la que los ciudadanos observaban con desgana, empezaron a competir con las estrellas.
Hoy nos estimula más Varoufakis que George Clooney; tiene mucho más rollo la camiseta aceitunada y estrecha con la que dimitió el lunes que el rictus desabrigado del marido de Angelina Jolie; perturba mucho más su tubo de escape que los saltitos infantiles y cansinos de esas estrellas juveniles hechas en serie con la cara de Justin Bieber. Con Yanis hemos descubierto que los políticos también tienen pectorales; incluso fabulamos con los consejos de ministros como si fueran los descansos de un rodaje petado de glamur. Hoy la expectación es máxima. El poder y su recalificación es tendencia total. Varoufakis, un jinete que destila esa indolencia que comparten los macarras y los ricos, llegó para denunciar la pobreza griega y se marcha como el rico heredero de la hacienda. Hay personas que exprimen la paradoja; individuos que siempre ganan; tipos que hasta ganan cuando no quieren. Hoy, este griego cuyo perfil es como una cordillera vale millones en un mercado global que se lo rifará porque exuda ese material incomprensible del que están hechos los sueños. La tragedia griega ha parido una estrella. Nada seduce más que un héroe amamantado en la estrechez. Aunque sea mentira.