Aquí se come con mucho arte
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Es difícil visitar estas obras de arte o dar un paseo por la ciencia sin que se te abra el apetito. No hay problema. Cambia de sala.
11 jul 2015 . Actualizado a las 18:58 h.Que tu mesa se encuentre a pocos metros de las colecciones de arte más antiguas de Pontevedra, sobrevuele la bahía coruñesa o esté en el interior de un centro científico de referencia es algo, que parafraseando al conocido anuncio, «no tiene precio». Estos cuatro restaurantes que recorremos a continuación tienen una posición privilegiada, pero no solo lo valen por su ubicación, en algunos casos su cocina es el principal motivo para pagar la «entrada». Abran los ojos, y la boca.
Ultramar es el único lugar del mundo en el que se puede disfrutar de un Pan al vapor de jugosa papada ibérica, menta, cilantro y escabeche de mango con sabor a joyas celtas. El toque se lo otorgan unos centímetros de piedra que lo separan de una de las colecciones de arte antiguo y contemporáneo más importante de la provincia de Pontevedra, la del Museo. Y tan solo unos pasos de una de las cocinas más admiradas y reconocidas del país. El Sexto Edificio estrenó hace unos meses el restaurante de museo más ambicioso de toda Galicia. El imponente inmueble invita a entrar, pero son las recetas de Xosé y Xoán Cannas las que impiden salir de él. Los dueños y fundadores de Pepe Vieira se han encargado de hacer una carta de primer nivel a precios que pueden competir con la elevada calidad de la que presume Pontevedra en cuestión de tapeo. En pleno casco antiguo, el bajo del edificio más reciente del conjunto cultural cuenta con cuatro zonas diferenciadas, aunque compartiendo recetas: la terraza inferior, la zona de tapas, la del restaurante propiamente dicho y una terraza superior que, por el momento, se abre solo para eventos contratados.
En su ambición por convertirse en referente de local de tapas y de la primera copa, han elaborado una carta que, no solo incluye platos de la altura de Jiaozi de gamba y puerro salteado con tohsaka verde y roja y salsa teriyaki, -o el Tomate pasificado, crema untuosa de tetilla, albahaca y vinagreta de miel de flores, y la Dorada en un guiso como el que hacía mi abuela, con caldo Dashi, guisantes y patatas-, sino también una de vinos en la que destaca una sección que recoge los mejores quince del mundo a 15 euros. Difícil competencia.
La suma de estas razones, unida a la elaboración cócteles especiales, explica su éxito. Aunque nació con la idea de incluir menús temporales inspirados en las exposiciones que fueran pasando por el complejo museístico, por el momento la carta ha llegado para quedarse. Igual que el arte de sus platos, que oscilan entre los 5,50 (el Rosco crujiente de jamón asado, rúcula y berro) y los 35 euros (el Chuletón de vaca gallega a la brasa, reposado y poco hecho de medio kilo, para dos personas). ¿Quién da más?
El mejor cuadro posible
A falta de obras de arte, en A Coruña uno puede comer en el primer museo interactivo del mundo dedicado al ser humano. El restaurante Domus, gestionado por la familia Pardo desde hace ya 15 años, cuenta con una de las mejores vistas de la ciudad. Su cristalera da para 15 mesas, por lo que aunque es un local bastante grande, «es habitual que se peleen por estar en delante». Sobre todo hay dos noches donde las mesas que sobrevuelan la bahía se cotizan al alza. Una es la de San Juan. La ubicación no alcanza a ver la parte más externa del Orzán, pero aún así es un privilegio poder disfrutar del espectáculo de fuego que cubre el arenal a unos metros de altura. Otra velada que cada vez va a más, según dice Eduardo Pardo Gago, responsable de cocina, es de la batalla naval, a mediados de agosto. «Desde que la trasladaron para la playa, antes era en la Dársena, los fuegos los lanzan desde aquí abajo, y es impresionante. Casi te explotan en la cabeza».
Dejando las vistas al margen un momento, si es que posible apartar la mirada del cristal, no hay que olvidar que estamos en un espacio muy versátil que lo mismo organizan presentaciones que bodas. El porqué está en el plato. Una carta sencilla que no pretende convertirse en un restaurante supergastronómico ni con línea michelina. Pero sin desmerecer, porque si hay que hacer esta versión también se hace. «Son platos sencillos, sin artificios de calidad», matiza Eduardo. Además de entrantes para llevar al centro de la mesa, la carta incluye una serie de productos estacionales, por lo que el bonito en breve dará paso a las setas o a la raya.
En un museo interactivo, no hay mejor forma de tener una relación que degustando la comida. Así no es necesario visitar el museo para entrar en la otra Domus, aunque de julio a septiembre son muchos los que aprovechan que están en la milla de oro del turismo coruñés (Domus, Acuario y Torre) para recargar fuerzas entre visita y visita. Y son precisamente los de fuera los que más han valorado comer aquí. «Sentarse en un mesa con la bahía a sus pies no es estar viendo una obra de arte, pero es el mejor cuadro posible», concluye Eduardo.
Segundo intento en el CGAC
La cafetería del Centro Galego de Arte Contemporánea, en Santiago, ha funcionado a arreones desde que abrió. Un primer proyecto avalado por Toñi Vicente, en un momento en el que los grandes cocineros vincularon sus nombres a museos de toda España, tuvo un resultado discreto. El edificio diseñado por el portugués Álvaro Siza invita en su zona de hostelería más al café y la tapa que a la mesa con mantel. En ese difícil equilibrio andan desde hace unos meses Ramón Sixto y Jesús Cambeiro, dos jóvenes emprendedores que han trasladado a A Cantina do CGAC su modelo. Tienen casi dos años para conseguir consolidar un negocio que a su juicio «tiene muchas ventajas» respecto a otros del sector al vincular los horarios a la apertura del museo, menos sacrificado. Ofrecen una gastronomía pegada a la tierra pero siempre con «un toque diferente», y aunque buena parte de sus clientes son turistas entienden que no pueden ofrecer «lo mismo que el Franco». El menú diario, de 10 euros (dos platos y postre) gusta a visitantes y a locales, que en ocasiones se apartan del habitual bullicio de la cercana rúa de San Pedro para refugiarse entre las blancas paredes del CGAC. Al tratarse de una concesión tienen limitada la intervención en la estética del espacio, pero se han preocupado por adaptar el mobiliario y cuidar los detalles. Ahora preparan un proyecto para duplicar el espacio de la terraza, «que me parece un lugar privilegiado», comenta Ramón Sixto. Sí que lo es, porque sentarse en una de sus mesas ofrece unas vistas sobre la piedra de San Domingos y el verde del parque de Bonaval que bien cubren el precio del menú o de la carta, centrada en las tapas y raciones.
Saben que su éxito también depende del tirón del centro de arte, que ha pasado unos años complicados y que pronto tendrá una nueva dirección con la que se espera mayor actividad artística. Con lo que no cuentan, porque eso forma parte del pasado, es con grandes inauguraciones acompañadas de ágapes. «Ahora todo es mucho más light, ¡ya no vuelan los jamones por las salas!».
Museo do mar
Hay una razón más para visitar el Museo do Mar de Galicia, en Vigo. Y no son pocas, porque uno de los mayores atractivos de este contenedor cultural con un acuario en el que se respira la sal no es finalmente lo que expone sino la propia belleza del edificio, que comenzó el arquitecto italiano Aldo Rossi y remató el pontevedrés César Portela, y del entorno, con unas vistas a la ría que ríete de tú de la bahía de San Francisco. La razón para acercarse a este espacio alejado del centro urbano es la necesidad de azul marino y el gusto de contar por fin en sus instalaciones con un establecimiento de hostelería vivo, dinámico y atractivo. Dentro de la pequeña taberna se esconde el Room Museum, un local que lleva dos años funcionando allí, avalado por los nueve años de experiencia de su hermano mayor, el Room ubicado frente al hotel NH Palacio.
El espacio cubre todas las franjas horarias. En verano está abierto de 11 de la mañana a 00.30 horas, aunque según confiesa Carlos Dopeso, uno de sus responsables, «hay días que nos dan las dos de la madrugada y aquí seguimos, mientras haya gente», cuenta. El boca-oreja y su clientela fidelizada en su primer negocio ha conseguido hacerse con un público fiel y muy variado. De los desayunos, de las cañas, de los aperitivos y atardeceres con gin tonics y cócteles y de dar de comer al mediodía y por la noche. Y de eventos, desde comuniones a reuniones de empresa o fiestas de amigos. Su cocina es «tradicional con un toque moderno», y lo mismo se puede apostar por el tapeo que por platos más elaborados. Tienen la suerte de estar al lado del mar y por eso muchas veces el pescado llega directamente de las barcas de algún pescados. Merluza, besugo, rape, bacalao, pulpo a feira o en carpaccio forman parte de una carta que varía según el mercado. Pero hay que destacar uno de sus espacios privilegiados, la amplia terraza en la que ahora todos los domingos un Dj anima las puestas de sol a ritmo chill out desde las ocho de la tarde. Un lujazo.