120 años del «Porta-torpedo»

El ingenio submarino lo estrenó Sanjurjo Badía en la ría de Vigo


Vigo / La Voz

Hace ahora 120 años se probaba en la ría de Vigo la boya lanzatorpedos construida por un hombre genial: Antonio Sanjurjo Badía. Para celebrar la efeméride, el viernes se reunieron en el Museo do Mar los descendientes del industrial. Y recordaron un artefacto que, en 1898, asombró a los coetáneos de El Habilidades. Cuando en agosto Sanjurjo prueba su ingenio submarino la guerra Hispano-Estadounidense está ya perdida. La US Navy ha arrasado a la armada española en Cavite el 1 de mayo. Y Santiago de Cuba se ha rendido el 16 de julio. Pero se temía que la armada yanqui cruzase el Atlántico y atacase puertos como el de Vigo. Para evitarlo ideó su invento el dueño de La Industriosa.

Nunca sabremos si hubiera tenido la más mínima oportunidad contra el USS Iowa, el colosal acorazado de 109 metros de eslora y una tripulación de 760 hombres. Pero el Gobierno no quiso invertir en el artefacto de Sanjurjo y firmó la paz en París en diciembre. Además, diez años antes de la boya lanzatorpedos, España ya había estrenado un gran submarino: El Peral, el primero del mundo de propulsión eléctrica, con capacidad para varios tubos lanzatorpedos que eran capaces de hundir barcos a distancia. Aquel proyecto, probado ya en 1888, había sido desmantelado y olvidado en un cajón. Con tales antecedentes, a pocos extrañó que, diez años más tarde, la mucho más modesta creación de Sanjurjo fuese ignorada por el Gobierno.

De lo que no cabe duda es del entusiasmo que desencadenó aquella prueba en Guixar en agosto de 1898. Destacamos la crónica de El Diario de Pontevedra, subtitulado Periódico liberal, una cabecera ya desaparecida que se publicó desde 1887 a 1939. El periodista que firma como Carmelino hace un relato entusiasmado del invento de Sanjurjo. La tituló «El Porta-torpedo». «El conocido industrial de esta ciudad D. Antonio Sanjurjo y Badía, director y propietario de la fábrica de fundición La Industriosa, inspirado por sentimientos de amor a España, acaba de construir un aparato de su invención que revela desde luego sus profundos conocimientos en la Mecánica», explica el periodista. «Con la modestia que le caracteriza, sin ostentación alguna, con el sigilo, allí en el retiro de su establecimiento fabril, sin otro auxilio que el que le prestó su inteligencia, y sus intereses llevó a cabo su obra, con tanto entusiasmo comenzada, sacrificando su descanso, su tranquilidad y, por tantos desvelos, su salud. El señor Sanjurjo es pues digno de respeto y admiración por todos conceptos», elogia el cronista.

En plena guerra con los Estados Unidos, evita publicar datos técnicos que puedan favorecer al enemigo: «El patriotismo me veda hacer una descripción del aparato del que es inventor». Seguidamente, cuenta la expectación creada en torno a la prueba: «A las seis de la tarde ya se encontraban en el punto de la bahía en que habían de tener lugar las pruebas, diferentes embarcaciones menores, llevando a su bordo numerosos admiradores del simpático industrial, pertenecientes a todas las clases sociales».

Del magnífico carácter de El Habilidades nos habla un detalle: donde otros pronunciaron grandes frases, de «Alea jacta est» a «Un gran paso para la Humanidad», Sanjurjo Badía zanjó su primera inmersión con un escueto «Hasta luego». Así lo cuenta el periodista: «Colocados dentro del aparato, el Sr. Sanjurjo y dos operarios de su fábrica, se despidió de nosotros con un ‘hasta luego’ y cerrando la montera o capacete que da acceso al interior del aparato comenzó este a sumergirse majestuosamente hasta desaparecer de la vista de los espectadores. La inmersión se hizo con amarras a una lancha, que fue siguiendo al ‘porta-torpedo’, a distancia conveniente, recorriendo un trayecto aproximado de 200 metros, y permaneciendo sumergido 38 minutos». Termina el periodista reclamando «el aplauso a que puede hacerse acreedor el laborioso cuanto modesto industrial, que sin pretensiones de ningún género habrá de ser juzgado por la sensata e imparcial opinión de España entera, y de quien solo puedo ocuparme hoy en esta sucinta reseña. Carmelino. Vigo 11 de agosto de 1898». Así fue aquella jornada inolvidable de un industrial genial. Hace ahora de ello 120 años.

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