El tsunami de las urnas va camino de barrer todo el orbe conocido. En Vigo, acaba de saltar la noticia: Abel y Santi se aman. En la última semana de campaña, escenificaron sus desencuentros para satisfacción del PP, cayendo en la trampa tendida por un hábil Chema Figueroa, que pulsó todas las teclas precisas para que los socios del gobierno local chocaran. Tarde han comprendido, aquí y en Santiago, que la lucha por el poder no se libraba entre ellos. «Divide y vencerás», proclamaba Julio César, sin que Touriño y Quintana, refocilados en su segura victoria, se acordasen de esta máxima.
Ahora, hechas las cuentas, consolidado el fracaso, llega el momento de reflexionar. En las dos siglas, por lo visto, se han dado cuenta de que pelearse no funciona. Que cada guantazo que le das a tu aliado es un cariño en la mejilla de tu adversario. Y parece que han comenzado los cambios.
Esta semana se ha iniciado la escenificación de la concordia. Caballero y Domínguez han convivido en diversos actos e incluso se han intercambiado elogios. Gustavo Rivas, que tiene un olfato extra para las fotos, plasmó el nuevo clima en una imagen en la que alcalde y teniente conversaban ante el uniforme del mariscal Soult, cargado de galones y medallas. Los socios aparecían juntos ante las hechuras del poder.
En los últimos días, no se habla de otra cosa que del nuevo clima municipal. Cada encuentro, cada palabra, es diseccionada para conocer si una temporada de desencuentros ha tocado a su fin.
Desde luego, no esperamos llegar a ver pancartas. «Santi y Abel se quieren», leeríamos en los puentes de la autopista. Pero no llegaremos a tanto. Porque tal vez no se quieren, pero se necesitan. Y no como una forma de aferrarse al poder, sino por el legítimo derecho que todo político tiene a intentar que sus ideas, que su visión de la cosa pública, pueda ejecutarse. Y esto solo se consigue desde el poder.
La hecatombe de Santiago da para una infinita lectura retrospectiva, en la que sobran voces que aseguran, sin que nadie recuerde tal cosa, que ellos ya habían augurado el fracaso. Los adivinos a toro pasado suelen proliferar en estos casos.
-Pero lo más interesante del fiasco son las perspectivas que abre para el futuro. Una de ellas, es que podría facilitar la concordia en Vigo. Caballero y Domínguez ya no necesitan moverse al dictado de los hilos de las consellerías de sus partidos. Pero tampoco tendrán ya el colchón de apoyos e inversiones con que antes contaban. Uno y otro ya no obedecen a nadie, sino a sí mismos. Pero tampoco pueden a nadie pedir ayuda. Si son mínimamente responsables, cambiarán el «bigobierno» por el «Vigobierno". Porque, además, acaban de estrenar un adversario común. Y ya se sabe, como dice una vieja amiga, que criticar une mucho.