Se inició en su deporte a los doce años y en los últimos diez lo ha compaginado con el pub que regenta; si no lo ha hecho antes, entrena cuando lo cierra, sobre las cinco de la mañana
06 sep 2015 . Actualizado a las 22:05 h.No es la primera vez que el remero Damián Alonso (A Guarda, 1982) se pone a entrenar a las 5 de la madrugada. Es la hora más frecuente de salida de su trabajo en el pub Viceversa que regenta en su localidad natal. «No es la mejor profesión ni la mejor rutina -o falta de ella, pues reconoce que ningún día es igual a otro-, pero es lo que me toca y lo llevo bien», comenta. Tan bien, que acumula varias medallas en campeonatos europeos y mundiales de remoergómetro, además de haber debutado, sin suerte, eso sí, este verano en la Liga ACT de traineras con Meira.
Alonso comenzó a remar a regañadientes a los doce años, obligado por su madre. «No me movía, de hecho estaba más bien gordito, y ella quería que hiciera algo». Probó con dibujo, gaita, balonmano... Pero dar con una actividad que le motivara parecía misión imposible. «Al final, lo que menos creía que me podía enganchar, con lo vago que era entonces y el sacrificio que conlleva, fue lo que lo consiguió. Y ya llevo más de veinte años».
Reconoce que al principio tampoco el remo le llamó la atención. «Entrenaba de aquella manera. Si nos mandaban hacer diez, igual yo hacía cuatro. Siempre a trancas y barrancas y escaqueándome tanto como podía», recuerda. En cuanto llegaron las victorias, todo cambió de manera radical. «Al segundo año fiché por Tirán y conseguimos el campeonato de España. Eso ya me hizo pensar: ''Uy, que esto cuando ganas no está tan mal''». Y de ahí a la selección y al Centro de Tecnificación de Pontevedra, donde comenzó a prepararse «en serio de verdad».
Durante aquellos primeros años le tocó compaginarlo con los estudios como a cualquier deportista joven. Luego llegó la vida laboral y ahora, a ella se suma una familia a la que atender. «Llevo diez años viviendo de mi local, que abre por la tarde y hasta altas horas de la madrugada. Siempre intento llevar a los niños al colegio, y para eso me levanto a las ocho después de haberme acostado casi siempre sobre las cinco». Con la familia y su negocio como prioridades, no perdona el entrenamiento, sujeto a sus otros deberes. «Un día entreno a las nueve, otro por la tarde y otro incluso a las cinco de la mañana si durante el día no pude hacerlo. El descanso no es el adecuado y a veces tampoco pasa el tiempo que debería para recuperar entre uno y otro, pero me voy arreglando».
Por el remo se ha perdido muchas cosas -«de vacaciones y veranos voy escaso»-, pero a cambio le ha dado otras que considera las más importantes. «Es mi pasión y mi vida es la que es condicionada siempre por el remo: mi mujer, mis amigos... Las novietas, los rollos y todo eso también estuvo relacionado con este deporte», cuenta entre risas. Además, ha conocido lugares en los que no cree que hubiera llegado a estar nunca de otra manera. «Los viajes que me pegué por ahí los disfruté mucho. Casi siempre son express, porque vas a lo que vas, pero luego en ocasiones he vuelto de vacaciones a ciudades que me había quedado con ganas de conocer mejor».
Con los años y las responsabilidades, las cosas se han ido complicando, pero por ahora no ha habido obstáculos que valgan para Damián. «Antes iba a competir donde fuera sin pensarlo, ahora hay que ver más los pros y los contras. Ya no es decirle a tu novia -hoy, esposa- que te vas y que se vaya ella por ahí también si quiere, que qué más le da. Hay que ver los pros y los contras, pensar en los niños y movilizar a los padres y a los suegros».
Pese a toda esa ayuda que tanto agradece, la sombra de la retirada ha planeado por su cabeza en más de una ocasión. «Ahora estoy en esa situación de plantearme si continúo con la trainera, pero con el ergómetro sí que voy a seguir seguro», señala. Precisamente, remar con Samertolameu le ha supuesto durante el verano cinco o seis horas diarias entre desplazamientos y entrenamientos. «Con el ergómetro entrenas solo, te pones tus propios horarios y es más sencillo. Pero realmente el sacrificio es mucho y la recompensa, nula, más allá de la satisfacción personal». Si pudiera vivir del remo, no se lo pensaría. «No me iría cinco horas, me iría diez, veinte o las que hiciera falta. No miraría para nada el reloj».
Además, admite que su trabajo ya le ha gustado más de lo que le gusta. «Aunque soy joven todavía, la noche cansa, sobre todo en la hostelería. Cuanta más gente disfruta, ya sea los fines de semana, en Navidades o en las fiestas del pueblo, más trabajas tú. Es proporcional», analiza. Un día de semana se lo toma «como algo normal, como tantos otros trabajos de noche», pero fuera de los días laborables resulta más complicado.
Ha remado en prácticamente todas las modalidades de la disciplina («trainera, batel y trainerilla en el banco fijo; de uno, de dos, de cuatro y de ocho en el móvil; ergómetro...») con una única excepción. «Me falta el remo de mar, que es una espinita que tengo porque aquí no hay tradición y no hay a quién decirle que te preste para probar. Pero mi hermano Óscar y yo queremos sacar un bote de esos y a ver si lo conseguimos».
En su casa son cinco y el remo ya les ha atrapado prácticamente a todos. La mujer de Damián remaba cuando se conocieron y los dos niños mayores también han hecho ya sus pinitos. «Han competido en campeonatos de España y este verano en ACT, al ser televisado, se quedaban a verlo animándome», cuenta orgulloso. El pequeño, de cuatro años, juega con el ergómetro cuando le ve entrenar. «Me gusta que remen, porque aunque tiene cosas negativas, a mí me lo ha dado todo». Y trabaja para que aún le dé más: «No me quiero retirar sin ser campeón del mundo de ergómetro».