Árbitro durante 60 años y miles de partidos

Míriam Vázquez Fraga VIGO / LA VOZ

VIGO

XOAN CARLOS GIL

Rabadán comenzó a los 17 años, paró a los 77 y ahora elabora informes para el programa Vigo en xogo

01 mar 2020 . Actualizado a las 01:05 h.

Cuando Carlos Rabadán (Vigo, 1936) empieza a hablar de su amplísima experiencia como árbitro de fútbol, de sus palabras se deduce que si por él fuera no lo hubiera dejado nunca. De hecho, solo lo hizo cuando sus superiores se lo indicaron y a día de hoy sigue colaborando con el programa Vigo en Xogo viendo y analizando partidos, el nuevo cometido que se le asignó cuando llegó el momento de dejar el silbato.

Pero eso fue pasados los 70 y la aventura había comenzado mucho antes. «Nunca había jugado, me metí a los 17 y desde entonces, 60 años sin parar, hasta los 77 que me dijeron que ya estaba bien», cuenta. Recuerda perfectamente el primer partido que dirigió, con el que empieza una lista a la que le calcula miles de encuentros por toda la geografía española, desde escolares en Vigo y su área hasta Segunda, su tope. «El primero fue un Casal-Nieto. ¡Xa choveu! Un señor que conocía me dijo que me fuera al partido con él y me dejó allí abandonado. Mi preparación no era mucha y estaba nervioso, pero con garra se sale adelante», indica aplicando a ese partido la que luego ha sido su máxima en el arbitraje y en la vida.

De los primeros tiempos recuerda sus viajes en tranvía «para ir hasta Barreiro o Candeán cuando todo era monte» hasta que ascendió a Segunda y se compró un coche. «Con mi R8 recorrí toda España: Barcelona, Cádiz, Valencia... Fui a muchos sitios, ¡a todas partes!», resume. Pero si de algo está orgulloso es de «no haber tenido nunca problemas con nadie». «Mira que en aquellos tiempos no era fácil arbitrar, había que tener... (no completa la frase). Y el fútbol no era como hoy, que todo se mueve por dinero», recalca.

Asegura que nunca tuvo ningún problema sobre los terrenos de juego a nivel de insultos o incidentes. Si acaso uno, que fue precisamente con su hermano. «Siempre fui muy recto, yo sabía lo que tenía que hacer, echar a la calle a quien fuera si lo merecía. Así que al enfrentarse mi difunto hermano mayor con otro, los expulsé a los dos y mi hermano me la guardó toda la vida», confiesa. Reconoce que «no fue una cosa grave», pero que él, como en todo partido, actuó como creía que debía hacerlo. «No lo digo por jactarme, yo no soy nadie, un cero a la izquierda, un parviño, pero soy así», comenta con total humildad.

Una de sus mayores satisfacciones es el cariño que recibe desde hace años. En forma de premios como el de la Fundación Vide a su trayectoria que recogió hace pocos días hasta de muchas de las personas que se cruza por la calle y a las que en muchas ocasiones él no es capaz de recordar. «Los que eran niños me encuentran y me dicen: ‘¡Rabadán!, ¿qué tal estás, hombre? ¿No me conoces?’. Y a veces no me doy cuenta. Muchos se acuerdan de cómo les ataba los zapatos».

No se acuerda de todo el mundo, pero sí guarda muchísimos recuerdos del arbitraje. «Me acuerdo de arbitrar en barrizales, en campos en los que salían los troncos de los árboles para arriba, ¡los árbitros de ahora no se imaginarán lo que era eso! Hoy son muy delicados. ¡Entonces cogíamos cada mojadura!», rememora. También recalca que en su caso «corría mucho, no paraba en el campo».

Relata que cuando ascendió a Segunda siguió su filosofía de siempre: «A mí no me preocupaba quién ganara o si empataban, yo no conocía a ninguno. Trataba de ser recto siempre». Le marcó un partido en Carabanchel en que cometió un error y le costó caro. «Cambiaron la tanda de penaltis y me equivoqué. El responsable de los árbitros me dijo: ‘Con le arbitraje tan bueno que has hecho en tu vida, ¿cómo te equivocaste? Pero metí la pata. Ese año iba a ascender a Primera. Duele un poquito, pero no me muero por eso. La vida es así».

Con 77 años, llegó el momento de dejar de arbitrar en Vigo en Xogo, donde ahora asume otro rol. «Veo partidos y hago informes. Así no me aburro». Al principio fue duro dejar de arbitrar tras toda una vida: «Sí que lo echaba de menos, pero hay que coger lo que venga. Para mí el arbitraje era una ilusión, lo repetiría todo». Con una condición, que a su lado volviera a estar su compañera de viaje y que siempre le apoyó en todo, su esposa Emma, «una fuera de serie».