Los verdaderos protagonistas


El padre de una amiga mía, que era cirujano, se agarraba unos cabreos tremendos cada vez que veía una de esas series de médicos en las que la ficción ni superaba a la realidad ni en nada se le parecía. Podría haber reaccionado yo igual con las de periodistas, pero opté por canjear el mal humor por el sentido del humor y reírme con esos colegas de ficción que tenían una semana entera para preparar un reportaje y que, además, conciliaban.

Ahora están muy de moda las series de narcotráfico. No tengo nada en contra, criminalizarlas sería como renegar de Curro Jiménez porque era un forajido o de Jack Sparrow porque era un pirata. Pero claro, todo depende del color del cristal con el que se mira, o mejor dicho, de la distancia entre el cristal y la lupa. Si se acerca mucho, el cristal arde. No es lo mismo entretenerse con las peripecias de un fabuloso actor que hace de Manuel Charlín que haber sido trabajadora de Charpo y esperar años por una indemnización mientras la familia del capo se reía en la misma cara de la justicia. No es igual admirar en la pantalla el porte del actor que hace de Sito Miñanco que haber cruzado las rejas de la prisión de A Lama para visitar al hijo que se dejó enredar en su trepidante carrera tras el dinero fácil espolvoreado de fariña. No da lo mismo admirar el diseño del Testarossa en la pantalla que tener que educar en valores al hijo que ve todos los días aparcar el Ferrari en el garaje de la casona de enfrente.

Por eso yo les voy a hablar de otra película. De aquella que se empezó a rodar hace 25 años, cuando un conjunto de figurantes decidieron darle un giro al guion y concienciar a la sociedad sobre los peligros del blanqueo, sobre la hipocresía de la palmadita en la espalda, sobre la avaricia de la banca, la incomodidad de la inversión de la carga de la prueba, la impunidad de la chequera o las enredaderas por las que se escondían las fortunas. No voy a dar nombres porque ustedes saben perfectamente quiénes son. Solo les pido que, cuando se los crucen en la calle, les den las gracias. Aunque no sean Johnny Deep ni Hugh Laurie ni Sancho Gracia ni José Coronado. Ni falta que hace, que de viejas glorias vamos servidos.

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