El Scalextric


Uno de cada cuatro vigueses no ha conocido el Scalextric. Son los 81.000 ciudadanos menores de 30 años. Porque el mítico adefesio fue demolido hace ahora tres décadas. Para la mayoría es el brumoso recuerdo de algo que nunca sirvió para nada. Porque las obras comenzaron en 1976 y concluyeron en 1980, tras una inversión de 90 millones de pesetas, una fortuna para la época. Pero jamás circuló ni un solo coche por aquel viaducto estrambótico que conectaba la salida de la autopista en Lepanto con el bulevar central de la Gran Vía.

La mayor utilidad que se le conoció al Scalextric fue servir de refugio de la lluvia para los clientes de El Manco, mientras se tomaban un gin-kas. Siniestro Total tiene fotos de promoción frente al pub, bajo este viaducto. La segunda función conocida fue acoger a vendedores de artesanía y baratijas, que instalaban allí unos tenderetes muy frecuentados por las chavalas de la época. Incluso había una expresión para ir allí a adquirir pulseras, anillos o carteras de marroquinería. Se llamaba ir ‘a los hippies del Scalextric’.

El Scalextric, antes de estrenarse, era ya una ruina. Y, seis años después de la conclusión de las obras, en 1986, fue demolido en una pintoresca ceremonia organizada por el alcalde Soto. El ministro Cosculluela se presentó con un martillo neumático, mientras una banda de música amenizaba la ceremonia. “Es la primera vez que me invitan a inaugurar una destrucción”, manifestó el ministro.

Fue aquella una de las mayores astracanadas entre las muchas que ha dado en su historia esta ciudad. Y está de aniversario: el fin de Scalextric cumple ahora 30 años.

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